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Instantes de cine: la carga de los Rohirrim


Hay momentos en el cine que se te quedan grabados en la memoria. Te erizan el vello, y puedes verlos en repetidas ocasiones por lo que te llenan. A veces se debe a alguna situación puntual que relacionamos con ese momento, por la fuerza que tenga la escena o por un cúmulo de elementos que la hacen irrepetible. Cada uno tiene el suyo (o los suyos), y no hay nada más grande que compartir ese momento con el resto. Por esta razón, hoy quiero hablar de una de las escenas más míticas de los últimos años, y que estoy seguro de que muchos compartirán conmigo: la carga de los Rohirrim en la batalla de los campos de Pelennor, durante la última parte de la trilogía de El señor de los anillos: El retorno del rey (2003).

El retorno del rey es una película larga, muy larga. Son más de 3 horas del cierre de una de las trilogías más épicas y famosas de toda la historia del cine. Esta parte está llena de escenas para el recuerdo, y aunque tiene grandes discursos y otros momentos que pueden ser igual de destacados, a nivel personal, mi favorita es esta.




Escuchar el cuerno de Rohan cuando todo parece que está perdido en Minas Tirith, ya de entrada, supone una alegría. Compartimos la alegría de los personajes que se encuentran luchando en la ciudad, tras una cruel batalla, que ha sido prácticamente invadida por las huestes del enemigo a batir, Sauron. Millones y millones de orcos parecen estar a punto de romper la última línea de defensa de la capital del reino de Gondor. Gandalf (Ian McKellen) y Pippin (Billy Boyd) resisten y tienen una conversación que parece destinada a ser la última. Y en ese momento, llegan los Rohirrim.

Los Rohirrim son los jinetes del pueblo de Rohan, una nación que rinde culto a los caballos y que son su principal seña de identidad. Este pueblo ya tuvo su presentación y su protagonismo en la película anterior de la saga: Las dos torres (2002), con otra batalla para el recuerdo, la del abismo de Helm. Durante toda la película hemos visto cómo se reunían y se preparaban para dirigirse a Gondor, y ayudar a su pueblo hermano. El momento en el que aparecen, encabezados por Theoden (Bernard Hill), rey de Rohan, es simplemente perfecto. En un solo vistazo a la ciudad y acompañado de un plano general de Minas Tirith, el rey comprende la grave situación a la que se están enfrentando en Gondor. Pero eso no le amedranta, al contrario.

Tras una reflexión en voz en off, Theoden lanza un discurso que es simplemente perfecto. Lo transcribo:

“Avanzad, sin temor a la oscuridad.
Luchad jinetes de Theoden.
Caerán las lanzas, se quebrarán los escudos. Aún restará la espada.
Rojo será el día, hasta el nacer del sol.
Cabalgad, cabalgad, cabalgad hacia la desolación y el fin del mundo.
Muerte, muerte, muerte.”

Escuchar esto en ese momento, mientras Theoden pasa de punta a punta prácticamente de toda su primera línea de jinetes para arengar a las tropas, es simplemente uno de esos momentos en los que el cine merece la pena, y justifica toda su existencia. El retorno del rey, solo por contener este momento, ya tiene mucha más fuerza que un sinfín de películas.



Entre los jinetes se encuentran otros personajes que ya conocemos de las películas anteriores: Éoywn (Miranda Otto), Merryn (Dominic Monaghan) o Éomer (Karl Urban). Todos ellos se dirigen a la carga contra las huestes de orcos que rodean Minas Tirith, para poder romper la línea y liberar a la ciudad.

Tras la arenga de Theoden, sólo dan ganas de montarse a un caballo que no tienes y cabalgar junto a él. Por supuesto, su caballería está por la labor y se une al motivador discurso de su rey. Ante esto, los orcos, que en un principio no se tomaban demasiado en serio la amenaza, empiezan a inquietarse. Poco a poco, los jinetes de Rohan inician la cabalgata, cada vez a mayor ritmo. Al mismo tiempo, los ejércitos de Sauron se remueven incómodos.

Al final, llega un momento en el que la caballería de Rohan, sus hombres, toman un ritmo imparable. Los orcos se asustan y algunos optan por abandonar la primera línea de batalla. Los gritos de los jinetes de Rohan son ya ensordecedores, junto al galopar de sus caballos. Llegas a sentir realmente lo que es estar dentro de ese momento, de esa batalla.




En un hermoso plano aéreo, el director Peter Jackson tira de épica y de efectos especiales, para mostrar como los Rohirrim están ya encima de los orcos. Todo ello acompañado por una música sublime de Howard Shore, que hasta ese momento sólo ha ido in crescendo. 

Para cuando la música cesa, se pasa al brutal choque para el que te han ido preparando durante los minutos previos, y toda la épica y la emoción contenidas hasta ese momento estalla, se libera en un encuentro que es simplemente espectacular.

Los caballos de Rohan rompen la línea de defensa de los orcos, destrozando todo a su paso, como una marea imparable. Los ejércitos enemigos son arrollados y aniquilados sin compasión por unos hombres deseosos de venganza, de derrotar de una vez por todas a Sauron y liberar a la ciudad hermana de Minas Tirith. La fuerza de ese momento es indescriptible, a pesar de intentar narrarlo con palabras, me quedo corto. 

Planos cortos de los hombres de Theoden destrozando orcos se intercalan con planos generales de la secuencia. Hay sangre y muerte, casi real, como toda batalla. Tras el arrollador choque, los orcos se retiran, huyen despavoridos ante la fuerza del ejército de Rohan, que ha cumplido su objetivo.

Por desgracia para nuestros héroes, esta era sólo la primera parte de la batalla. Los Hombres del este, venidos desde lejos para ayudar a Sauron, llegan con sus enormes olifantes para enfrentarse a los Rohirrim. Theoden lo ve asombrado y rápidamente ordena el contraataque. Una vez liberada Minas Tirith, ahora toca enfrentarse a este otro enemigo.



Sin entrar en detalles sobre el resultado de esta escena que viene a continuación, y que ya no pertenece a la famosa carga de los Rohirrim, hasta este momento todo ha sido perfecto. A quién no se le ha erizado la piel al ver el vídeo de Theoden y sus Rohirrim cargando contra los ejércitos de Mordor. Es difícil no emocionarse, no compartir sus ganas de enfrentarse al enemigo.

Muchas veces en las películas, la épica tiende a forzarse, se subraya con música y largos discursos para arengar. En esta escena de El retorno del rey, apenas necesitan unas líneas y una sublime música, el momento es brutal e irrepetible. Como comentaba más arriba, la película es el cierre de una historia gigante, y contiene muchas otras escenas que también son impresionantes. A pesar de que ni siquiera es el clímax de la película, se siente como tal. 


Pero por la razón que sea, la carga de los Rohirrim en la batalla de los campos de Pelennor, tiene algo especial que la convierten en uno de esos momentos que justifica la existencia del cine. Simplemente irrepetible. Emoción. De esto también va el cine.


FUENTE: Cinemoción.es

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El Bestiario de Tolkien y las criaturas de la Tierra Media, ilustradas en una fantástica infografía




J.R.R Tolkien fue el artífice de uno de los universos más épicos y extensos de toda la literatura existente. Su habilidad para construir un mundo tan vasto como lo es la Tierra Media y otros continentes inventados por él sigue siendo una hazaña increíble hoy en día. Todos los habitantes del imaginario de Tolkien, incluso las criaturas más raras que aparecen en solo algunas páginas en sus libros, tienen una historia de fondo que se vincula con otras razas y hace de su obra una experiencia compleja y a la vez gloriosa.


De hecho, las descripciones, los bocetos y las notas detalladas de Tolkien son tan específicos que configuró por completo las diferentes criaturas y cómo serían. Lástima que nunca vivió para poder verlas en la gran pantalla.


Si bien la mayoría de fans suelen estar más familiarizados con las adaptaciones cinematográficas de Peter Jackson, las sagas de El Hobbit y El Señor de los Anillos (que ocupan principalmente los eventos de la Guerra del Anillo) eso es solo la punta del iceberg. Tanto los viajes de Bilbo como de Frodo Bolsón, esos hobbits amantes de la comodidad, que por motivos del destino son enviados en complicadas misiones a lo largo de la Tierra Media ocurren en lo que Tolkien define como la Tercera Edad.


¿Qué quiere decir eso? Que en las películas se han obviado siglos de historia que ya han tenido lugar cuando la mayoría de nosotros nos familiarizamos por primera vez con Arda y su gente. Arda, para quien no haya leído El Silmarillion, es como el autor llama a su versión ficticia de la Tierra, que abarca tanto la Tierra Media como Valinor, el reino oriental al que parten los Elfos al final de El Retorno del Rey.


Tolkien se inspiró en la historia, la mitología, la filosofía y las religiones del mundo, así como en sus propias experiencias luchando en la Primera Guerra Mundial para crear su mundo de fantasía y sus habitantes. "Hay un anillo para gobernarlos a todos". Pero, ¿quiénes son "todos"? La diseñadora Elena Fever ha traducido y adaptado una infografía preciosa sobre esas criaturas que habitan el imaginario de Tolkien.



Puedes ver el gráfico en su máxima resolución aquí.


En ella encontramos desde elfos, la más antigua y noble de las razas hablantes de la Tierra Media, los primeros hijos de Eru Ilúvatar en venir al mundo y más tarde encontrados por los Valar, como los enanos, también llamados Naugrim, Khazâd y Gonnhirrim: grandes conocedores de la minería y orfebrería y poseedores de una gran longevidad. O los orcos, una raza de criaturas humanoides concebida por Morgoth y que originalmente le sirvieron. Más tarde servirían a su sucesor, Sauron, en su búsqueda por hacerse con el anillo único y dominar la Tierra Media.


Sin embargo, el gráfico no incluye muchas otras criaturas como los Maiar y los Valar, los seres más poderosos del universo de Tolkien. Descendientes de los espíritus mágicos, la mayoría de estos magos de la Tierra Media se trasladaron a las Tierras Imperecederas de Valinor, donde existen como energía pura que nunca puede ser destruida. Aunque hay otros Maiar que adoptaron formas humanas para ayudar al bien o al mal.



Puedes ver el gráfico en su máxima resolución aquí.


Por suerte, la diseñadora Elena Fever ha creado un gráfico donde sí aparecen todas estas criaturas y razas. Por ejemplo, los Nazgûl, que en lengua negra significan "Espectros del Anillo" y eran sirvientes del señor oscuro Sauron. Originalmente grandes guerreros de los Hombres a los que les dieron los nueve anillos de poder que les hicieron inmortales. Sin embargo, eventualmente los corrompieron. La infografía se completa con todo tipo de bestias como las arañas, trolls, huargos, y cada una de las razas de elfos, humanos, enanos y orcos.


Ahora que la serie de Amazon Prime Video Los Anillos de Poder nos ha hecho volver a la Tierra Media y esta semana concluye su primera temporada, estos gráficos son una buena manera para ampliar nuestra comprensión sobre este extenso y vasto universo ficticio.

Gráficos traducidos y adaptados por Elena Fever.


FUENTE: Xataca

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La verdadera historia de hércules poirot


De origen belga, Hércules Poirot no es solamente "el detective más famoso del mundo", sino que se ha convertido en el detective más carismático del género. Poirot, atildado y con un impecable bigotito, impresiona a propios y a extraños cuando utiliza sus "pequeñas células grises" para desvelar de manera brillante, y a menudo sorprendente, los casos más complicados.





Londres se hallaba una vez más sumida en la oscuridad. Nubes densas y oscuras cubrían el cielo de la capital amenazando con descargar una tormenta que se antojaba violenta. Seguro en su apartamento en el edificio Whitehaven Mansions, Hércules Poirot, el detective más famoso del mundo (o al menos eso decía él), se hallaba sentado en el sillón de su despacho, con los ojos cerrados, haciendo trabajar sus pequeñas células grises, mientras su fiel secretaria, la señorita Lemmon, aguardaba en pie con una taza de tisana en la mano y su mejor amigo y socio, el capitán Hastings, recostado en el diván, ojeaba el periódico para comprobar si sus inversiones iban al alza. Poirot estaba a punto de resolver un nuevo caso de asesinato, de eso estaba completamente seguro (a pesar de lo que pudiera opinar el inspector jefe Japp). Sería otro éxito que le catapultaría una vez más a la fama y del cual se harían eco todos los tabloides de Inglaterra.


EL REFUGIADO BELGA

Uno de los detectives más carismáticos de la novela negra mundial, Hércules Poirot, nació de la pluma de la reina británica de la intriga, Agatha Christie, en el año 1920. El pequeño detective belga (considerado francés por muchos, para indignación del aludido) ha sido el protagonista de más de treinta novelas, de varias películas e incluso de series televisivas. Por tener, Poirot tuvo hasta su propia esquela cuando su creadora, Agatha Christie, hastiada de su propio personaje, decidió acabar con la vida del detective que más casos había resuelto. El 6 de agosto de 1975 el New York Times titulaba: "Muere el detective Hércules Poirot". Pero pese a su innegable fama, el origen de Poirot sigue siendo enigmático. ¿De dónde surge este singular personaje?



Agatha Christie fue la afamada y prolífica escritora que creó el personaje de Hércules Poirot. El detective resolvió innumerables crímenes, pero finalmente, fue la propia escritora quien acabó con la vida del investigador mediante una esquela ficticia. 


El pequeño detective belga (considerado francés por muchos, para indignación del aludido) ha sido el protagonista de más de treinta novelas, de varias películas e incluso de series televisivas.


La pregunta que muchos se han hecho es qué hacía un detective belga en el Londres de entreguerras, colaborando en más de un caso con Scotland Yard. Para entenderlo nos tenemos que remontar al silenciado drama de los refugiados en el que se hallaba inmersa Europa a principios del siglo XX. Es muy probable que uno de aquellos refugiados belgas que llegaron a Inglaterra durante la Primera Guerra Mundial inspirase a la escritora británica, tal como ella misma reconoce en su autobiografía: "Entonces me acordé de nuestros refugiados belgas. ¿Por qué no hacer que mi detective sea belga? Había todo tipo de refugiados. ¿Por qué no un oficial de policía refugiado? Un policía retirado. No demasiado joven".


¿UN ANTIGUO GENDARME?

Con la invasión de Bélgica por parte de Alemania el 4 de agosto de 1914, un millón y medio de ciudadanos belgas se vieron obligados a huir de su país; algunos optaron por quedarse en la vecina Holanda o Francia y otros, la mayoría, marcharon a las islas británicas. Este éxodo tuvo una gran repercusión en el país, y en todo el mundo, como atestigua la crónica publicada el 21 de octubre de 1914 por el diario La Vanguardia en la que se podía leer: "El Gobierno y el pueblo de Inglaterra saben perfectamente que se encuentran bajo la obligación moral de mantener a los refugiados belgas, con relativo confort, hasta que termine la guerra; saben que hay que atender a sus necesidades y procurar hacerles agradable la vida entre nosotros, hasta donde sea posible, procurando dar ocupación a los hombres y mujeres aptos para el trabajo".


Con la invasión de Bélgica por parte de Alemania el 4 de agosto de 1914, un millón y medio de belgas se vieron obligados a huir de su país; algunos optaron por quedarse en Holanda o Francia, pero la mayoría marchó a las islas británicas.


Así, entre las teorías sobre el origen del personaje de Poirot entre los refugiados belgas que llegaron a Inglaterra se encuentra la que sostiene el comandante retirado Michael Clapp. Según su investigación, entre estas personas se hallaba el gendarme retirado Jacques Hornais, que fue alojado en la casa de una señora en la localidad costera de Torquay, al sur de Inglaterra, según se desprende de unas anotaciones hechas en su diario por la propia abuela de Clapp, una mujer llamada Alice Graham, que ayudó a muchos refugiados a instalarse en Gran Bretaña. Al parecer Hornais llegó a Inglaterra con su hijo adolescente, y dejó en su país a su mujer y a una hija. Agatha Christie creció precisamente en Torquay, así que tal vez pudo haberle conocido y haberse inspirado en él para su personaje (o también se cree que la autora pudo haberse inspirado en otro gendarme belga retirado llamado Jacques Hamoir).


El actor británico David Suchet, en el centro de la imagen como Hércules Poirot, interpretó al detective belga en una de las series más icónicas que se ha protagonizado el personaje de Agatha Christie. 


Además de haber buscado la inspiración para su detective entre los refugiados belgas, como ella misma reconoció, es muy posible que la escritora británica también se inspirase para su Hércules Poirot en otros personajes de ficción, como Hercule Popeau, un detective surgido de la mano de la escritora de novelas de intriga Marie Belloc Lowndes, o incluso en el también investigador belga Jules Poiret, creado por el escritor Frank Howell Evans.


UN MÉTODO PECULIAR

Sea como fuere, el personaje de Hércules Poirot es innegablemente único: un hombre pedante, vanidoso, egocéntrico y atildado hasta lo insufrible, que se considera a sí mismo como "el más grande detective del mundo". Su rasgo más distintivo es el engominado bigotito que cuida y recorta con un cuidado casi obsesivo. El debut del personaje se produjo en octubre de 1920 en Estados Unidos y el 21 de enero de 1921 en el Reino Unido, como protagonista de la novela El misterioso caso de Styles. El detective belga adquiere ya una gran popularidad desde su primer caso, y a partir de ahí Agatha Christie fue modelando el carácter de su creación en cada libro. En su primera novela, el propio Arthur Hastings, que a la postre se convertirá en su inseparable amigo y socio, dijo de él al conocerlo: "Medía apenas algo más de 1,60 m, pero se desenvolvía con una gran dignidad. Su cabeza tenía exactamente la forma de un huevo y siempre la ladeaba un poco hacia un lado. Su bigote era muy tieso y militar. Incluso si toda su cara estuviera cubierta, las puntas del bigote y la nariz rosada serían visibles. La pulcritud de su vestimenta era casi increíble; creo que una mota de polvo le habría causado más dolor que una herida de bala. Sin embargo, este hombrecito de vestimenta pintoresca había sido en su tiempo uno de los miembros más famosos de la policía belga."


Los escenarios donde tienen lugar los casos que Hércules Poirot investiga son variopintos. Muchos de ellos suceden en Inglaterra, pero otros ocurren en el extranjero en el transcurso de exóticos viajes, como es por ejemplo el caso de las emblemáticas Muerte en el Nilo (1937) o Asesinato en el Oriente Express (1934), o incluso en el transcurso de unas accidentadas excavaciones arqueológicas, como Asesinato en Mesopotamia, novela publicada en 1936 (recordemos que la autora, casada en segundas nupcias con el arqueólogo Max Mallowan, pasó algunos años acompañando a su esposo en sus excavaciones en el Próximo Oriente). Para resolver los casos en los que se ve envuelto, Poirot utiliza la psicología y estudia la naturaleza humana. También presta una inusual atención a detalles que en principio parecen no tener importancia, pero que al final se acaban revelando decisivos. Todo ello a pesar de las burlas de su amigo, el inspector jefe Japp, de Scotland Yard, que siempre se ve obligado a reconocer que Poirot, cómo no, tenía razón.


Hércules Poirot fue encarnado por el actor Peter Ustinov en algunas de las adaptaciones cinematográficas de las novelas de Christie. Sobre estas líneas, en una escena de 'Muerte en el Nilo', de 1978. 


UNA RELACIÓN DE AMOR-ODIO

Poirot llegó a ser tan famoso que incluso pareció cobrar vida propia. Existe una curiosa anécdota en la que el propio detective envía una carta a los editores norteamericanos de Agatha Christie en 1936, en la que se presenta a sí mismo como si fuera una persona real: "Comencé a trabajar como miembro del departamento de detectives de Bruselas, en el caso Abercrombie Forger en 1904 y durante muchos años me sentí orgulloso de ser miembro del servicio de detectives en mi Bélgica natal. Desde antes de que finalizara la guerra he estado, como ustedes saben, en Londres donde estuve viviendo en habitaciones… Me establecí como detective en Londres… En junio del año pasado me instalé en un apartamento en Whitehaven Mansions, cuyo edificio elegí teniendo en cuenta su proporción estrictamente geométrica".


Otra de las adaptaciones al cine de un caso de Hércules Poirot fue protagonizada por Tony Randall (derecha), en este caso en una escena de la novela traducida al castellano como 'El misterio de la guía de ferrocarriles'. 


A pesar del éxito de las novelas protagonizadas por Poirot (exactamente treinta y tres novelas y cincuenta relatos cortos publicados entre 1920 y 1975), Agatha Christie acabó "odiando" a su propia creación. En la introducción de Telón, la última novela en la que aparece Hércules Poirot y en la que muere como consecuencia una afección cardíaca, la escritora británica confesaba: "¿Por qué, por qué, por qué tuve que dar vida a esta pequeña criatura detestable, grandilocuente y tediosa? Sin embargo, confieso que Hercule Poirot ha vencido. Ahora siento un cierto afecto que, aunque me cueste, no lo puedo negar". Al final, la creadora del "detective más famoso del mundo" moriría un año después que su famoso detective, el 12 de enero de 1976.


FUENTE: National Geographic

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El cuento del cortador de bambú

El cuento del cortador de bambú (竹取物語 Taketori Monogatari) es un cuento folclórico japonés del siglo X. Se le considera como el texto japonés más antiguo que existe, a pesar de que el manuscrito más antiguo data de 1592. El cuento también es conocido como La historia de la princesa Kaguya (かぐや姫の物語 Kaguya-hime no Monogatari), siendo nombrado tras su protagonista.



La historia trata sobre una pareja de ancianos sin hijos y de cómo un día mientras el anciano cortaba bambú, encontró a una niña dentro del tallo. La niña era Kaguya o princesa Kaguya, quien provenía de la Luna. En 2013, el cuento fue adaptado a una película animada por parte del Studio Ghibli, llamada Kaguya-hime no Monogatari.​ En 2015, fue producido un musical basado en el cuento titulado Prince Kaguya, donde el género de Kaguya es cambiado de femenino a masculino.​


El descubrimiento de la princesa Kaguya, ilustración perteneciente al Cuento del Bambú de Tosa Horomichi.

Un anciano cortador de bambú sin hijos llamado Taketori no Okina (竹取翁 lit. El anciano que cosecha bambú?) se encontró con un árbol de bambú que tenía luz en su interior. Se preguntó por qué y sintió una gran curiosidad acerca de lo que habría dentro. Cuidadosamente cortó el bambú y quedó asombrado al encontrar a una pequeña bebé del tamaño de su pulgar en el interior. Decidió recogerla y llevarla a su hogar, donde consultó con su mujer qué hacer con el bebé y llegaron a la conclusión de que era un regalo del Cielo. Decidieron llamar a la niña princesa Kaguya (princesa de la luz brillante). A partir de aquel día, cada vez que el anciano cortaba bambú, encontraba oro dentro de él, no tardó en hacerse rico y construir una gran casa. Varios años después, Kaguya creció y se convirtió en una hermosa joven. Todo el mundo la conocía porque era elegante y bella. Cinco príncipes llegaron a su casa para pedir su mano en matrimonio. Ella era reacia a casarse, así que les propuso varias tareas imposibles para llevar a cabo antes de conseguir casarse con ella.


El primero fue encargado de traer el cáliz sagrado de Buda que se encontraba en la India. Al segundo príncipe se le encargó encontrar una legendaria rama hecha de plata y oro. El tercero tenía que conseguir la legendaria túnica hecha con el pelo de la rata de fuego, que se dice que está en China. Al cuarto, una joya de colores que brillaba al cuello de un dragón. Al último príncipe, le encargó una concha preciosa que nace de las golondrinas. La princesa pidió cosas que nadie sabía que existían y sus pretendientes quedaron muy desilusionados. Luego de esto, los jóvenes dejaron de ir por algún tiempo a la casa del viejo ya que todos estaban buscando los deseos de la princesa. Un día, llegó el primer hombre, con la taza de Buda que la princesa había pedido, pero él no había ido a la India y en su lugar traía una taza sucia de un templo cerca de Kioto. Cuando la princesa lo vio, ella supo inmediatamente que esta no era la taza de Buda, porque aunque era muy vieja y estaba hecha de piedra, la taza que era de la India siempre tenía un brillo sagrado. El segundo no tenía idea de donde podría encontrarse una rama de plata y oro, además no quería hacer un largo viaje y como era muy rico, decidió ordenárselo a unos joyeros. Luego llevó el regalo a la princesa. La rama era tan maravillosa que Kaguya pensó que realmente se trataba de lo que había pedido y pensó que no podría escapar del matrimonio con este joven de no ser porque los joyeros aparecieron preguntando por su dinero. De esta manera la princesa supo que la rama no era la verdadera, y por tanto, no era lo que ella había deseado.


Taketori no Okina lleva a Kaguya a su hogar, por Tosa Horomichi.


El tercero, a quién se le había pedido la túnica de pelo de rata de fuego, les dio una gran cantidad de dinero a algunos comerciantes que iban a China. Ellos le trajeron una piel vistosa y le dijeron que pertenecía a la rata de fuego. Se la llevó a la princesa y ella dijo "Realmente es una piel muy fina. Pero el pelo de la rata de fuego no arde, aun cuando se tire al fuego. Probémoslo". Kaguya tiró la piel en el fuego y tal como era de esperar la piel ardió en unos minutos, el joven se fue enfadado y avergonzado. El cuarto era muy valiente e intentó encontrar el dragón por sí mismo. Navegó y vagó durante mucho tiempo, porque nadie supo donde vivía el dragón. Pero durante una jornada, fue asediado por una tormenta y casi muere. No podía buscar más al dragón y se marchó. De vuelta en su hogar, se encontraba muy enfermo y no pudo volver con la princesa Kaguya. El quinto y último de los hombres buscó en todos los nidos y en uno de ellos pensó que la había encontrado; pero al bajar tan aprisa por la escalera cayó y murió. Ni siquiera lo que tenía en su mano era la concha que la princesa había pedido, sino una golondrina vieja y dura. De este modo todos habían fallado y ninguno podría casarse con la princesa. La reputación de la princesa era tal, que un día el emperador quiso conocer su extraordinaria belleza. El emperador quedó prendado de la joven y le pidió que se casara con él y fuera a vivir a su palacio. Pero la princesa rechazó también su propuesta, diciéndole que era imposible ya que ella no había nacido en el planeta y no podía ir con él. No obstante, el emperador no pudo olvidarla y siguió insistiendo. Ese verano, cada vez que la princesa miraba la Luna sus ojos se llenaban de lágrimas. Su anciano padre quiso saber qué le ocurría, pero ella no respondió. Cada día que pasaba la joven estaba más triste y siempre que miraba la luna no podía dejar de llorar. Los ancianos estaban muy preocupados, pero la princesa guardaba silencio. Un día antes de la luna llena de mediados de agosto, la princesa explicó por qué estaba tan triste. Explicó que no había nacido en el planeta, sino que procedía de la Luna, a dónde debía regresar en la próxima luna llena y que vendrían a buscarla.


Los ancianos trataron de convencerla de que no partiera, pero Kaguya contestó que debía hacerlo. Así que el anciano corrió en busca del emperador y le contó toda la historia, enviando este último una gran cantidad de soldados a casa de la princesa. En la noche de la luna llena de mediados de agosto, los guerreros rodearon la casa en su intento de proteger a la princesa, mientras esta se hallaba en el interior con sus padres esperando por la gente de la luna que vendrían por ella. Cuando la luna se puso llena, una inmensa luz los cegó a todos y la gente de la luna bajó a por la princesa, los soldados no pudieron combatir porque estaban cegados por aquella inmensa luz y porque extrañamente habían perdido las ganas de luchar. La princesa se despidió de sus padres, y les dijo que no deseaba irse, pero que tenía que hacerlo. Antes de irse le dejó al emperador una carta de despedida y una botella con el Elixir de la Vida. El desolado emperador envió un ejército entero de soldados a la montaña más alta de Japón. La misión encargada era subir hasta la cima y quemar la carta que la princesa Kaguya había escrito y la botella que le había dejado, con la esperanza de que el humo llegara a la ahora distante princesa.

 

Kaguya regresa a la Luna. Pintura perteneciente al Cuento del Bambú de Tosa Horomichi.


La leyenda cuenta que la palabra inmortalidad (不死 fushi?), se convirtió en el nombre de la montaña, el Monte Fuji. También se dice que el kanji para montaña (富士山), deriva del ejército del emperador que ascendió las laderas de la montaña para llevar a cabo su misión. También se cree que el humo de la carta quemada aún se deja ver hasta el día de hoy (en el pasado, el monte Fuji era mucho más activo volcánicamente y, por lo tanto, producía más humo).


FUENTE: Wikipedia
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Ortografía

 Todos los días se aprende algo nuevo, mas allá de la utilidad o no que le vayamos a dar en un futuro...




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La guerra de los mundos


La guerra de los mundos es una novela de ciencia ficción escrita por Herbert George Wells y publicada por primera vez en 1898, que describe una invasión marciana a la Tierra. Es la primera descripción conocida de una invasión alienígena de la Tierra, y ha tenido una indudable influencia sobre las posteriores y abundantes revisiones de esta misma idea. De la novela de Wells se han hecho adaptaciones a diferentes medios: películas, programas de radio, videojuegos, cómics y series de televisión.

La novela fue adaptada por Orson Welles, en octubre de 1938 para crear un serial radiofónico que en su momento creó gran alarma social. Welles cambió algunos aspectos del argumento, incluso el lugar del primer aterrizaje marciano: Grover's Mill, Nueva Jersey. Se emitió con el formato de noticiario de carácter urgente (aunque hubo un aviso al principio sobre su carácter ficticio, pero muchos oyentes se incorporaron con la narración ya iniciada, por lo que se perdieron el aviso y creyeron que era real). Esto provocó escenas de pánico entre ciudadanos de Nueva Jersey y Nueva York, que creyeron que se estaba produciendo una verdadera invasión alienígena de la Tierra. La ingenuidad de un público que aún no conocía la televisión contribuyó al éxito de la propuesta de Welles, que, sin embargo, debió ofrecer disculpas públicamente a los radioyentes.



Radioteatro completo.


Visto en: Historia de la Radio


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Extracto de la pesadilla de Jaime Lannister





 

Escudriñó la penumbra hasta que él también lo vio. Algo se movía en la oscuridad, aunque no alcanzaba a distinguir qué era…

Un hombre a caballo. No, dos. Dos jinetes, hombro con hombro.

¿Aquí, bajo la Roca?

No tenía sentido. Pero los dos jinetes se acercaban a lomos de sus caballos claros, ellos llevaban armaduras y sus monturas iban protegidas para la batalla. Emergieron de la oscuridad a paso lento.

«No hacen el menor ruido —advirtió Jaime—. No chapotean en el agua, las armaduras no tintinean, los cascos no resuenan contra el suelo.» Recordó a Eddard

Stark, cuando recorrió la sala del trono de Aerys en el más absoluto silencio. Sólo habían hablado sus ojos: los ojos de un señor, fríos, grises, juzgándolo.

¿Sois vos, Stark? —llamó Jaime—. Adelante. No os temí en vida y no os temo ahora que estáis muerto.

Vienen más —le advirtió Brienne tocándole el brazo.

Él también los vio. Parecía que sus armaduras eran de nieve, y jirones de niebla les ondeaban desde los hombros sobre las espaldas. Llevaban los visores de los yelmos cerrados, pero Jaime Lannister no tenía que verles los rostros para reconocerlos.

Cinco habían sido sus hermanos. Oswell Whent y Jon Darry. Lewyn Martell, un príncipe de Dorne. El Toro Blanco, Gerold Hightower. Ser Arthur Dayne, la Espada del Amanecer. Y junto a ellos, coronado de niebla y dolor, con la larga cabellera ondeando a la espalda, cabalgaba Rhaegar Targaryen, príncipe de Rocadragón y heredero legítimo del Trono de Hierro.

No me dais miedo —exclamó mientras se dividían para colocarse a ambos lados de él. No sabía hacia dónde mirar—. Lucharé con vosotros de uno en uno, o

contra todos a la vez. Pero ¿quién se va a enfrentar a la moza? Se enfada mucho cuando la dejan al margen.

Juré que lo mantendría a salvo —dijo ella a la sombra de Rhaegar—. Pronuncié un juramento sagrado.

Todos hicimos juramentos —dijo Ser Arthur Dayne con voz de tristeza infinita.

Las sombras desmontaron de sus caballos espectrales. No hicieron ruido alguno al desenvainar las espadas largas.

Iba a quemar la ciudad —dijo Jaime—. No quería dejar más que cenizas para Robert.

Era vuestro rey —dijo Darry.

Jurasteis protegerlo —dijo Whent.

Y también a los niños —apuntó el príncipe Lewyn.

Dejé en vuestras manos a mi esposa y a mis hijos. —El príncipe Rhaegar ardía con luz fría, blanca, roja y oscura alternativamente.

Jamás pensé que les haría daño. —La luz de la espada de Jaime era cada vez menos brillante—. Yo estaba con el rey…

Matando al rey —dijo Ser Arthur.

Cortándole el cuello —dijo el príncipe Lewyn.

El mismo rey por el que juraste que darías la vida —dijo el Toro Blanco.

Las llamas que recorrían la hoja de la espada se estaban apagando, y Jaime recordó lo que había dicho Cersei. «No.» El terror le atenazó la garganta como un puño. De pronto, la espada se le quedó a oscuras, sólo la de Brienne ardía, y los fantasmas se cernieron sobre ellos.

No —dijo—. No, no, no, ¡nooo!



 

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Edge of night

 


La canción... poema, que Pippin le canta al Senescal Denethor, interpretada por Malinda.





El borde de la noche

El hogar está detrás

El mundo por delante

Y hay muchos caminos por recorrer

A través de la sombra hasta el borde de la noche

Hasta que las estrellas estén encendidas

Niebla y sombras, nube y sombra

Todos se desvanecerán

Todos se desvanecerán


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Lectura

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 Adiós Quino, gracias por tanto 😢




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Meta-Tolkien: hechos que inspiraron la Tierra Media

 John Ronald termina de revisar el texto, tacha con su pluma los errores y lo puntúa con la precisión milimétrica que le caracteriza. Lo deja a un lado, es el vigesimoquinto examen que corrige y su mente empieza a cansarse. Arrastra su mirada hacia el viejo cristal de la ventana y mira ensimismado el panorama que le ofrece la Universidad de Oxford: los altos muros de piedra, jardines verdes hasta donde alcanza la vista, un trasiego de jóvenes yendo de aquí para allá como en una coreografía improvisada. El movimiento de la gente le hace volver a las sucias trincheras del Somme y comienza a sentir el adormecimiento de sus piernas provocado por las fiebres. John Ronald decide apartar su mente de aquel infierno y pensar en su querida Edith Mary y en sus pequeños entusiastas de las historias. Algo le hace volver a los exámenes y, sobre el primero del montón, plasma con su pluma una pequeña idea: “En un agujero en el suelo, vivía un hobbit”.

Si hay alguien que ha marcado el ritmo y estilo de la literatura fantástica a nivel mundial ha sido J. RR Tolkien y el increíble mundo que creó. Aficionado al lenguaje, la mitología y las culturas antiguas, Tolkien llevó lo que en su origen era un cuento para sus hijos hasta un nivel de complejidad y detalle que sigue sorprendiendo como el primer día. La Tierra Media, su universo, no es un simple lugar en el que solo importan las grandes historias de sus protagonistas, sino que es un mundo vivo compuesto por hermosos lugares y pueblos que cuentan, cada uno, con sus propias lenguas, costumbres, leyendas, canciones, genealogías, tradiciones… Es tan fácil seguir la estirpe de los reyes de Gondor hasta Elendil y sus predecesores como remontarse en las monarquías europeas hasta la época de Carlomagno.

Si Homero escribió 'La Ilíada' y 'La Odisea' a partir de las leyendas griegas, John RR Tolkien creó primero sus propias leyendas y después escribió su versión de la Ilíada. Muchos critican de sus textos que son excesivamente extensos, densos y detallistas (y puede que un poco sí), pero su estilo le ha hecho pasar a la historia como uno de los autores más representativos de su género y a su obra como una de las sagas más relevantes en la literatura fantástica.

La mitad de nosotros no conocemos a Tolkien ni la mitad de lo que querríamos, y lo que querríamos es menos de la mitad de lo que la mitad de Tolkien merece. Y, como hasta un genio necesita sus musas, recopilamos algunas de las mayores inspiraciones que dieron forma a la Tierra Media, las aventuras de Bilbo y las luchas de la Compañía del Anillo.





1. Experiencias personales


La infancia de Tolkien no fue precisamente tranquila. Nacido en Bloemfontein, Sudáfrica, perdió a su padre en 1896, con tan solo cuatro años, y tuvo que volver a Inglaterra con su madre y su hermano. En 1904 quedó huérfano y fue acogido por el párroco Francis Morgan Osborne, quien le inculcó férreos valores y le prohibió ver a su amada Edith Mary Bratt hasta la mayoría de edad. Luchó en la Primera Guerra Mundial y su afición por las lenguas antiguas y las culturas nórdicas y anglosajonas le llevaron a ser profesor en la Universidad de Oxford. Todos estos hechos se ven plasmados, de manera más o menos directa, en los textos y tramas de su obra.











2. Mitologías nórdicas y germanas


El escritor y filólogo siempre se quejó de que Inglaterra contaba con una mitología muy pobre y escueta, a diferencia de las existentes en las cercanas Irlanda o Escocia. Con sus textos e invenciones, Tolkien pretendía brindar a su país de una nueva mitología y de mundos mágicos que basó, en su mayoría, en las culturas y leyendas de los pueblos del centro y norte de Europa, sobre todo en la mitología escandinava y germana. Gran parte de sus razas fantásticas y pueblos, a las cuales brindó una historia llena de héroes y grandes epopeyas, surgió precisamente de los Edda, una colección de relatos nórdicos escritos en el 1220 por Snorri Sturluson.





3. Catolicismo


Mabel Suffield, madre de John, decidió pasarse del protestantismo al catolicismo al llegar a Inglaterra en 1896. Tras muchas disputas, su familia asumió su nueva fe y pudo educar a sus dos hijos según el credo católico. Tras su muerte, el padre Francis Morgan (el tío Curro) continuó esa labor e inspiró a Tolkien un profundo sentimiento religioso. Aparte de haber adaptado claramente numerosos elementos de la religión católica a sus obras, su manera de escribir o de componer a los personajes recuerda, en determinados momentos, al estilo bíblico.





4. Acontecimientos históricos


Además de un gran aficionado por las lenguas, Tolkien sentía verdadera pasión por la historia anglosajona y medieval. Desde niño se le había dicho que su madre procedía de una familia noble de la región de Mercia (centro de Inglaterra) que luchó junto a Carlomagno y que la estirpe de su padre estaba ligada al Sacro Imperio Romano durante la invasión otomana del siglo XVI. De hecho, una leyenda familiar dice que el apellido Tolkien proviene de un guerrero que luchó durante el sitio de Viena de 1529 y cuyas arriesgadas cargas de caballería le valieron el apodo de ‘Tolkühn’, que significa temerario. Su trabajo como profesor de literatura medieval anglosajona en Oxford hizo que casi todos los pueblos que ocupan la Tierra Media tengan elementos sacados de distintas culturas medievales.







5. Ciclo artúrico


Probablemente, la leyenda del rey Arturo sea la historia fantástica más difundida y popular del imaginario inglés. La ambientación en ese mundo medieval plagado de magos, guerreros y criaturas monstruosas sirvió como una importante fuente de inspiración para Tolkien. Desde el poder y la sabiduría de Merlín hasta la grandeza de Arturo y sus caballeros, que partieron en la búsqueda del Santo Grial afrontando todo tipo de peligros, las leyendas artúricas plantean numerosas semejanzas con las desventuras que deben soportar los habitantes de la Tierra Media y la Compañía del Anillo.





6. Las lenguas de la Tierra Media


John Ronald Reuel Tolkien sentía, desde niño, una fascinación por el lenguaje. Hasta el punto de que uno de sus principales pasatiempos en la infancia era inventar idiomas completos con los que hablar con su familia. Conforme creció, desarrolló sus estudios en filología y eso le permitió aprender (y dominar) lenguas antiguas como el latín, el gaélico, el islandés, el nórdico antiguo o el gótico. Uno de los fines que perseguía al publicar ‘El señor de los anillos’ era precisamente el dar a conocer ese mundo en el que se hablaban las lenguas que él inventó siguiendo el escrupuloso método filológico y que están casi tan completas como cualquier otro idioma actual. La lengua élfica y sus distintas variantes (quenya y sindarin) tienen influencias del latín y el indio antiguo, mientras que el idioma de los enanos y su escritura provienen principalmente de las runas nórdicas de los pueblos vikingos y el finlandés antiguo.





7. La orfandad de Frodo Bolsón


En ‘La comunidad del anillo’ se nos cuenta que Frodo Bolsón, el nuevo protagonista, perdió a sus padres Drogo y Prímula a los 12 años, por una accidente de barca. Tras esto fue acogido por su tío Bilbo (al que conocimos en ‘El hobbit’) y se fue a vivir con él, siendo educado por el anciano hobbit y su misterioso amigo Gandalf el Gris. Parece fácil encontrar cierta semejanza con la niñez del propio Tolkien, que quedó huérfano a la misma edad que Frodo y fue criado por Francis Morgan Osborne, figura por la que tuvo un gran cariño y respeto y que inspiró muchos aspectos de su vida y obra.






8. El Somme y los horrores de la guerra


En 1915, tras licenciarse en el Exeter College, Tolkien se alistó en el ejército para luchar en la Primera Guerra Mundial y fue enviado a Francia con la Fuerza Expedicionaria Británica. Allí participó en la brutal batalla del Somme como oficial de comunicaciones hasta que sufrió de las llamadas ‘fiebres de las trincheras’ y fue retirado del frente durante tres meses. Fue precisamente en este momento, y habiendo vivido la guerra muy de cerca, cuando empezó a escribir su ‘Libro de los cuentos perdidos’ que acabaría por convertirse en ‘El Silmarilion’. Su experiencia en el Somme serviría, años después, para dar forma a la Guerra del Anillo y batallas como la del Abismo de Helm o la de los Campos de Pelennor sirvieron para representar el caótico desarrollo de los combates.






9. Samsagaz Gamyi y los asistentes en el frente


En la Primera Guerra Mundial era costumbre que los hombres con estudios, formación o de buena familia recibieran altos cargos dentro del ejército mientras obreros y clases bajas eran simples soldados rasos. Tolkien utilizó la hermandad que surgía en las trincheras por parte de los soldados y el hecho de que cada oficial fuera acompañado por un asistente a todas partes para crear al personaje de Samsagaz Gamyi, el fiel siervo de Frodo que le siguió hasta los mismísimos fuegos del Monte del Destino. Esta pareja de hobbits tiene, además otro significado más simbólico: Frodo representa la racionalidad y el pensamiento lógico mientras que Sam es la personificación del sentimentalismo, complementandose ambos y siendo una nueva versión del mundo material y del mundo de las ideas de Aristóteles y Platón.






10. Beren y Lúthien


Cuando tenía 16 años, Tolkien conoció en el orfanato a la que se convertiría en el amor de su vida, Edith Mary Bratt. Debido a la diferencia de edad que existía entre ambos y el hecho de que Edith Mary fuese anglicana, el padre Francis le prohibió a John Ronald que tuviera ningún tipo de contacto con la joven hasta que ambos alcanzaran la mayoría de edad. Tolkien respetó esta prohibición y, en cuanto les fue posible, se casaron. Las dificultades que Tolkien vivió en su relación con Edith Mary inspiraron la creación de Beren y Lúthien, una pareja compuesta por un hombre y una elfa que aparece en ‘El Silmarilion’ y cuyo amor imposible sería la base de la posterior historia de Aragorn y Arwen. En la tumba de ambos, que se encuentran juntos en el cementerio de Wolvercote (Oxford), se puede leer la inscripción ‘Beren’ en la de él y ‘Lúthien’ en la de ella.







 

 

 

11. Hobbits y orcos de cosecha propia


Tolkien utilizó numerosas criaturas de la mitología europea medieval para ambientar y dar forma a su mundo, pero hay dos que desempeñan una gran importancia en su obra que fueron creadas por él. Los hobbits, esos pequeños seres de vida tranquila, surgieron de la imaginación del escritor inglés y su nombre procede, según la teoría, de la palabra ‘rabbit’ o de una unión de ‘hole builder’ refiriéndose ambas a los agujeros-hobbit en los que viven. La otra criatura que, a pesar de que ya forma parte del mundo de la fantasía, fue invención de Tolkien es el orco, ese engendro malvado que compone la vanguardia de los ejércitos de Mordor. Los orcos solían ser confundidos (incluso por el propio Tolkien) con los goblins y trasgos pero en ‘El señor de los anillos’ se resaltó la diferencia entre estas razas completamente diferentes.






12. El viejo Tom Bombadil es un sujeto sencillo, de chaqueta azul brillante y zapatos amarillos


Al principio de ‘La comunidad del anillo’, Frodo y compañía se ven en graves problemas cuando atraviesan el Bosque Viejo, pero son salvados por un curioso personaje llamado Tom Bombadil. Este tal Tom muestra, en una de las escenas más memorables del libro, tener poderes extraordinarios y conocer la historia del mundo desde antes incluso que Gandalf. El personaje, uno de los más misteriosos del universo Tolkien, hizo su primera aparición en el poema ‘Las aventuras de Tom Bombadil’ y está basado en un muñeco holandés perteneciente a su hermano Hilary que John Ronald rompió cuando era niño.








13. Los anillos de poder


Un anillo, refiriéndonos tanto a la forma como al objeto en sí, posee en casi todas las culturas y creencias un profundo simbolismo que Tolkien supo aprovechar. Para muchos pueblos, como los egipcios y los vikingos, los anillos significaban poder y victoria y eran lucidos con orgullo por gobernantes, guerreros y personas adinerados. Por otro lado, un anillo suele ser símbolo de compromiso y promesas, ya sea en las ceremonias de matrimonio católicas o en los anillos de juramentos típicos de los templos nórdicos. Por último, un anillo representa “el ser y el no ser”, ya que su propia naturaleza y forma la constituyen una circunferencia de metal, madera o similares y un vacío en el centro sin el que no sería un anillo.







14. Elfos y enanos


Estas son dos de las razas fantásticas más conocidas y que la literatura post-Tolkien ha utilizado más a menudo. Tanto los elfos como los enanos pertenecían originalmente a la mitología nórdica, siendo criaturas que se relacionaban con los dioses de Asgard y estando muy presentes en las leyendas de los pueblos escandinavos. Los enanos de Tolkien son prácticamente idénticos a los del mundo antiguo: una raza de criaturas fuertes y habilidosas que excavaban enormes ciudades en las montañas y eran famosos por sus trabajos como herreros o joyeros. Por otro lado, los elfos de Tolkien fueron un paso más allá de los originales en los que se basó, haciéndolos criaturas perfectas y puras, más próximas al plano divino que al humano.







15. El origen de la Tierra Media y las criaturas de la Primera Edad


Tolkien no se conformó con dar cierto contexto a sus historias. Él creó un mundo entero desde su nacimiento hasta su casi destrucción durante la Guerra del Anillo. El mundo de la Tierra Media fue creado por Eru Ilúvatar, una deidad superior comparable con el Dios cristiano, que dio lugar a todas las criaturas. En la mitología nórdica, los dioses se dividían en Asir y Vanir y Tolkien creó a los Ainur y los Valar a partir de estos. Los albores de la Tierra Media guardan muchas semejanzas con el origen del mundo de los nórdicos y algunas de sus criaturas más significativas, como el demonio de fuego y sombra Balrorg, pueden encontrar su equivalente en monstruos como Surtur, gigantesco ser que porta una espada llameante.







16. El cantar de los Nibelungos


Esta leyenda popular es una de las más difundidas entre los pueblos germanos y Tolkien supo plasmar en su obra algunos de sus elementos. Por ejemplo, Sigfrid se ve envuelto en una arriesgada misión de matar a un dragón y recuperar un gran tesoro en el que encuentra un anillo mágico que está maldito (¿os recuerda al argumento de ‘El hobbit’?). También encontramos paralelismos con la espada Gram, que debe ser forjada a partir de sus fragmentos rotos al igual que la Andúril de Aragorn, o la escena en la que el rey Gunter saca el anillo mágico del fondo del río Rin como hizo en su día el buen Sméagol. Incluso, si profundizamos un poco, hay ciertas semejanzas entre Hagen (Lengua de serpiente), que persuadió al rey Gunter (Théoden) con palabras envenenadas para quitarse de en medio a su leal servidor Sigfrid (Éomer).







17. MacBeth


Parecía imposible tratar la literatura inglesa sin mencionar al eterno bardo, William Shakespeare. Curiosamente, Tolkien consideraba que la obra ‘MacBeth’ contaba con dos fallos en su argumento que decidió resolver en ‘El señor de los anillos’. En el teatro de Shakespeare, las brujas profetizan al rey escocés que “nunca será vencido hasta que el Gran Bosque de Birnam a la alta Colina de Dunsinane marche contra él”, cosa que sucede cuando el ejército enemigo corta ramas de los árboles para simular que el bosque se mueve, y que “ningún hombre nacido de mujer podría matarle”, lo que se soluciona haciendo que McDuff naciera por cesárea tras la muerte de su madre. Tolkien corrigió la escena del bosque marchando con el ataque de los Ents a Isengard y la solución de la cesárea con el Rey Brujo de Angmar, de quien también se había dicho que ningún hombre podía matarle, y que cayó bajo la espada de Éowyn, la Dama Blanca de Rohan.







18. El Silmarilion, la biblia de la Tierra Media


John Ronald quiso, como ya hemos comentado, otorgar a la Tierra Media de una historia completa y llena de distintas culturas, catástrofes, leyendas y detalles. Durante años, fue redactando ese génesis fantástico en lo que él bautizó como sus ‘cuentos perdidos’ y que, años después de su muerte, su hijo Christopher Tolkien ordenaría, reuniría en un solo tomo y publicaría bajo el título de ‘El Silmarilion’. El hecho de que narre desde la creación del mundo hasta la Tercera Edad, en la que tiene lugar ‘El señor de los anillos’, además del estilo con que compuso y escribió este relato hacen que sea considerada, y con razón, la Biblia de la Tierra Media.







19. Resucitados y encarnaciones del mal


La influencia del catolicismo en la obra de Tolkien ha sido largamente analizada y debatida, ya que el autor no solía hablar sobre el simbolismo de sus personajes. Muchos estudiosos de su obra han llegado a identificar a la Dama elfo Galadriel con la Virgen María, pero hay otras semejanzas que parecen más obvias. Por ejemplo, el villano principal de ‘El Silmarilion’ es Melkor, un Valar o ángel que se rebeló contra Eru Ilúvitar y se convirtió en el maestro de todos los males de la Tierra Media. En ‘El señor de los anillos’, el mago Gandalf se sacrifica por la Compañía y resucita para seguir guiando a sus aliados hasta la victoria contra Sauron, la encarnación del mal. Incluso hay cierto grupo de jinetes negros (vale que son nueve en lugar de cuatro) que anuncian el resurgir de Sauron y el fin de la Tierra Media. El origen del diablo como ángel caído o la resurrección de Jesucristo parecen haber sido referencias directas en el desarrollo de algunos de los personajes principales de Tolkien.









20. La Comarca e Isengard


Tolkien amaba Inglaterra. Los paisajes y la historia de su país le fascinaban y era lógico que hicieran acto de presencia en su obra. Siempre se definió como un defensor y amante de la naturaleza tan característica de la campiña inglesa y manifestó abiertamente el rechazo que le producía el final de esta vida tranquila con la llegada de las grandes industrias. Esta forma de pensar se ve claramente reflejada en el estilo de vida de los hobbits y la Comarca (basada en la región de Sarehol) y en la destrucción del bosque de Fangorn a manos de Saruman para crear a su ejército de Uruk-Hai, metáfora de la industrialización que vivieron ciudades como Birmingham.










21. El mapa de la Tierra Media y la Europa de 1939


Aunque Tolkien siempre negó que hubiera algún tipo de conexión entre la Tierra Media y la Europa previa a la Segunda Guerra Mundial, las coincidencias encontradas por los estudiosos del autor son muy numerosas. Si se superpone el mapa de la Tierra Media sobre uno de Europa (suponiendo que Inglaterra es la Comarca), nos encontramos con que Mordor se sitúa más o menos donde está la Alemania nazi de Hitler. Ese peligro latente que se oculta a plena vista en el este parece una pequeña crítica de Tolkien a la expansión del nazismo y el claro camino hacia la Segunda Guerra Mundial. Aunque, como decíamos, no hay nada confirmado.







22. Rohan y los anglosajones


Si las descripciones que se dan en los libros ya hacían pensar que existían ciertas semejanzas, la estética que se les concedió en las películas parecía confirmar que el fiero pueblo de Rohan estaba basado precisamente en las tribus anglosajonas y germanas del siglo IX y X. Salvo por la importancia que los rohirrim dan a sus caballos, animales con los que los anglosajones no tenían demasiada relación, Tolkien basó a los hombres de Rohan en las tribus islandesas de Beowulf (cuyo poema fue traducido al inglés por él mismo), los francos que se asentaron en la Marca Danesa y asimilaron las costumbres escandinavas y en los anglosajones que ocuparon Mercia, de los que supuestamente descendía su madre. El escudo de Rohan, un caballo blanco sobre fondo verde, está inspirado en la imagen de la White Horse Hill, a la cual Tolkien viajó con su familia mientras escribía ‘El señor de los anillos’.







23. Gondor, el nuevo Sacro Imperio Romano


El reino de Gondor se muestra casi como un concepto abstracto e ideal, el último bastión de defensa de los hombres contra Mordor y cuna de su civilización. Tolkien relató la división del reino de Gondor y Arnor frente al avance de las fuerzas de Sauron y lo comparó con los grandes imperios de la Antigüedad que habían tenido que hacer frente a la desmembración de su territorio. Desde los faraones egipcios hasta el decadente final del Imperio Romano, Gondor es ese lugar cuya cultura resulta exuberante y rica para cualquiera pero que sufre constantes divisiones y disputas internas sobre la organización de sus dominios. El reino de Gondor que se conoce en ‘El señor de los anillos’ se basa en el Sacro Imperio Romano que se enfrentó a las invasiones otomanas. Por otro lado, Minas Tirith siempre ha sido considerada como una reinterpretación de la Florencia medieval, lugar donde la cultura y el arte crecían con esplendor.











24. Los puertos grises y la isla de Avalon


Los puertos grises son el lugar desde donde los navíos élficos zarpan hacia el Oeste, su tierra natal, para vivir eternamente y no volver jamás a la Tierra Media. Al final de ‘El retorno del rey’ descubrimos que Bilbo y Gandalf han sido invitados a partir junto a los elfos, pero así también Frodo. La herida que la daga de Morgul le causó en la Cima de los Vientos y las secuelas que el anillo de poder dejaron en su mente hacen que su estancia en la Tierra Media sea insoportable, y es por ello que decide marcharse. Si echamos un vistazo a la mitología artúrica, el legendario rey es llevado por Morgana a la isla de Avalon, donde sus heridas mortales sanarían y podría descansar hasta que llegara el momento de luchar por última vez. Es muy probable que Tolkien se basara en el final del rey Arturo para crear el broche de su gran historia.











25. Aragorn, el rey prometido


En los libros, Aragorn se nos muestra como un personaje sabio y recto, consciente de su deber como rey y capaz de luchar hasta la muerte por el bien de la Tierra Media. Es uno de los personajes más perfectos de Tolkien y su personalidad e historia parecen apuntar a ciertas similitudes con Arturo Pendragón. Ambos fueron conscientes de su destino desde pequeños y preparados para ello, convirtiéndose en reyes idealizados y personajes sin sombra alguna. Las semejanzas entre Excalibur y Andúril también resultan llamativas: ambas indican el derecho a reinar, poseen cierto elemento mágico y son objetos clave en sus respectivas historias.








26. Gandalf, mago y consejero


Los elfos le llamaban Mithrandir, el peregrino gris. Gandalf es probablemente el personaje más importante de todos los creados por Tolkien, jugando un gran papel a lo largo de la historia de la Tierra Media. Por eso, es en la construcción de este donde se reúnen más influencias diferentes. Su aspecto procede de una vieja postal que Tolkien vio cuando viajó a Suiza en la que aparecía un viejo de sombrero alto y larga barba bajo el título ‘El espíritu de la montaña’, pero también cogió ciertos rasgos del mago artúrico Merlín, del dios nórdico Odín o de su tutor, el padre Francis. John Ronald Reuel Tolkien reunió en un solo personaje las influencias que marcaron su obra, lo que resalta la importancia de ese viejo perturbador de la paz en su fantástico mundo.





FUENTE: Muy Historia

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El Combate de la tapera





I


Era después del desastre del Catalán, más de setenta años hace.
Un tenue resplandor en el horizonte quedaba apenas de la luz del día.
La marcha había sido dura, sin descanso.

Por las narices de los caballos sudorosos escapaban haces de vapores, y se hundían y dilataban alternativamente sus ijares como si fuera poco todo el aire para calmar el ansia de los pulmones.
Algunos de estos generosos brutos presentaban heridas anchas en los cuellos y pechos, que eran desgarraduras hechas por la lanza o el sable.

En los colgajos de piel había salpicado el lodo de los arroyos y pantanos, estancando la sangre.
Parecían jamelgos de lidia, embestidos y maltratados por los toros. Dos o tres cargaban con un hombre a grupas, además de los jinetes, enseñando en los cuartos uno que otro surco rojizo, especie de líneas trazadas por un látigo de acero, que eran huellas recientes de las balas recibidas en la fuga.

Otros tantos, parecían ya desplomarse bajo el peso de su carga, e íbanse quedando a retaguardia con las cabezas gachas, insensibles a la espuela.
Viendo esto el sargento Sanabria gritó con voz pujante:
-¡Alto!

El destacamento se paró.

Se componía de quince hombres y dos mujeres; hombres fornidos, cabelludos, taciturnos y bravíos; mujeres-dragones de vincha, sable corvo y pie desnudo.
Dos grandes mastines con las colas barrosas y las lenguas colgantes, hipaban bajo el vientre de los caballos, puestos los ojos en el paisaje oscuro y siniestro del fondo de donde venían, cual si sintiesen todavía el calor de la pólvora y el clamoreo de guerra.
Allí cerca, al frente, percibíase una "tapera" entre las sombras. Dos paredes de barro batido sobre "tacuaras" horizontales, agujereadas y en parte derruidas; las testeras, como el techo, habían desaparecido.

Por lo demás, varios montones de escombros sobre los cuales crecían viciosas las hierbas; y a los costados, formando un cuadro incompleto, zanjas semicegadas, de cuyo fondo surgían saúcos y cicutas en flexibles bastones ornados de racimos negros y flores blancas.
-A formar en la tapera -dijo el sargento con ademán de imperio-. Los caballos a retaguardia con las mujeres, a que pellizquen. .. ¡Cabo Mauricio! haga echar cinco tiradores vientre a tierra, atrás del cicuta!... Los otros adentro de la tapera, a cargar tercerolas y trabucos. ¡Pie a tierra dragones, y listo, canejo!

La voz del sargento resonaba bronca y enérgica en la soledad del sitio.
Ninguno replicó.
Todos traspusieron la zanja y desmontaron, reuniéndose poco a poco.
Las órdenes se cumplieron. Los caballos fueron maneados detrás de una de las paredes de lodo seco, y junto a ellos se echaron los mastines resollantes. Los tiradores se arrojaron al suelo a espaldas de la hondonada cubierta de malezas, mordiendo el cartucho; el resto de la extraña tropa distribuyose en el interior de las ruinas que ofrecían buen número de troneras por donde asestar las armas de fuego; y las mujeres, en vez de hacer compañía a las transidas cabalgaduras, pusiéronse a desatar les sacos de munición o pañuelos llenos de cartuchos deshechos, que los dragones llevaban atados a la cintura en defecto de cananas.

Empezaban afanosas a rehacerlos, en cuclillas, apoyadas en las piernas de los hombres, cuando caía ya la noche.

-Naide pite -dijo el sargento-. Carguen con poco ruido de baqueta y reserven los naranjeros hasta que yo ordene... Cabo Mauricio! vea que esos mandrias no se duerman si no quieren que les chamusque las cerdas... ¡Mucho ojo y la oreja parada!
-Descuide, sargento -contestó el cabo con gran ronquera-; no hace falta la advertencia, que aquí hay más corazón que garganta de sapo.

Transcurrieron breves instantes de silencio.

Uno de los dragones, que tenía el oído en el suelo, levantó la cabeza y .murmuró bajo:
-Se me hace tropel. . . Ha de ser caballería que avanza.
Un rumor sordo de muchos cascos sobre la alfombra de hierbas cortas, empezaba en realidad a percibirse distintamente.

-Armen cazoleta y aguaiten, que ahí vienen los portugos. ¡Va el pellejo, barajo! Y es preciso ganar tiempo a que resuellen los mancarrones. Ciriaca, ¿te queda caña en la mimosa?
-Está a mitad -respondió la aludida, que era una criolla maciza vestida a lo hombre, con las greñas recogidas hacia arriba y ocultas bajo un chambergo incoloro de barboquejo de lonja sobada-. Mirá, güeno es darles un trago a los hombres..

-Dales chinaza a los de avanzada, sin pijotearles.
Ciriaca se encaminó a los saltos, evitando las "rosetas", agachóse y fue pasando e1 "chifle" de boca en boca.
Mientras esto hacia, el dragón de un flanco le acariciaba las piernas y el otro le hacía cosquillas en el seno, cuando ya no era que le pellizcaba alguna forma más mórbida, diciendo: "¡luna llena!".
-¡Te ha de alumbrar muerto, zafao! -contestaba ella riendo al uno; y al otro: -¡largá lo ajeno, indino!- y al de más allá: -¡a ver si aflojás el chisme, mamón!
Y repartía cachetes.

-¡Poca vara alta quiero yo! -gritó el sargento con acento estentóreo-. Estamos para clavar el pico, y andan a los requiebros, golosos. ¡Apartáte Ciriaca, que aurita no mas chiflan las redondas!
En ese momento acrecentose el rumor sordo, y sonó una descarga entre voceríos salvajes.

El pelotón contestó con brío.
La tapera quedó envuelta en una densa humareda sembrada de tacos ardiendo; atmósfera que se disipó bien pronto para volverse a formar entre nuevos fogonazos y broncos clamoreos.



 II


En los intervalos de las descargas y disparos, oíase el furioso ladrido de los mastines haciendo coro a los ternos y crudos juramentos.

Un semicírculo de fogonazos indicaba bien a las claras que el enemigo había avanzado en forma de media luna para dominar la tapera con su fuego graneado.
En medio de aquel tiroteo, Ciriaca se lanzó fuera con un atado de cartuchos en busca de Mauricio.
Cruzó el corto espacio que separaba a éste de la tapera, en cuatro manos, entre silbidos siniestros.
Los tiradores se revolvían en los pastos como culebras, en constante ejercicio de baquetas.
Uno estaba inmóvil, boca abajo.

La china le tiró de la melena, y notola inundada de un líquido caliente.
-¡Mírá! -exclamó-, le ha dao en el testuz.
-Ya no traga saliva -añadió el cabo-. ¿Trujiste pólvora?
-Aquí hay y balas para hacer tragar a los portugos. Lástima que estea oscuro... ¡Cómo tiran esos mandrias!
Mauricio descargó su carabina.
Mientras extraía otro cartucho del saquillo dijo mordiéndolo:
-Antes que éste, ya quisieran ellos otro calor. ¡Ah, si te agarran, Ciriaca! A la fija que te castigan como a Fermina.
-¡Que vengan por carne! -barbotó la china.
Y esto diciendo, echó mano a la tercerola del muerto, que se puso a baquetear con gran destreza.
-¡Fuego! -rugía la voz del sargento-. Al que afloje lo degüello con el mellao.



III


Las balas que penetraban en la tapera, habían dado ya en tierra con tres hombres. Algunas, perforando el débil muro de lodo, hirieron y derribaron varios de los transidos matalotes.
La segunda de las criollas, compañera de Sanabria, de nombre Catalina, cuando más recio era el fuego que salía del interior por las troneras improvisadas, escurrióse a manera de tigra por el cicutal, empuñando la carabina de uno de los muertos.

Era Cata -como la llamaban- una mujer fornida y hermosa, color de cobre, ojos muy negros velados por espesas pestañas, labios hinchados y rojos, abundosa cabellera, cuerpo de un vigor extraordinario, entraña dura y acción sobria y rápida. Vestía blusa y chiripá y llevaba el sable a la bandolera.

La noche estaba muy oscura, llena de nubes tempestuosas; pero los rojos culebrones de las alturas o grandes "refucilos" en lenguaje campesino, alcanzaban a iluminar el radio que el fuego de las descargas dejaba en las tinieblas.

Al fulgor del relampagueo, Cata pudo observar que la tropa enemiga había echado pie a tierra y que los soldados hacían sus disparos de "mampuesta" sobre el lomo de los caballos, no dejando más blanco que sus cabezas.
Algunos cuerpos yacían tendidos aquí y allá. Un caballo moribundo con los cascos para arriba se agitaba en convulsiones sobre su jinete muerto.
De vez en cuando un trompa de órdenes lanzaba sones precipitados de atención y toques de guerrilla, ora cerca, ya lejos, según la posición que ocupara su jefe.
Una de esas veces, la corneta resonó muy próxima.

A Cata le pareció por el eco que el resuello del trompa no era mucho, y que tenía miedo.
Un relámpago vivisimo bañó en ese instante el matorral y la loma, y permitiole ver a pocos metros al jefe del destacamento portugués que dirigía en persona un despliegue sobre el flanco, montado en un caballo tordillo.

Cata, que estaba encogida entre los saúcos, lo reconoció al momento.
Era el mismo; el capitán Heitor, con su morrión de penacho azul, su casaquilla de alamares, botas largas de cuero de lobo, cartera negra y pistoleras de piel de gato.
Alto, membrudo, con el sable corvo en la diestra, sobresalía con exceso de la montura, y hacia caracolear su tordillo de un lado a otro, empujando con los encuentros a los soldados para hacerlos entrar en fila.

Parecía iracundo, hostigaba con el sable y prorrumpía en denuestos. Sus hombres, sin largar los cabestros y sufriendo los arranques y sacudidas de los reyunos alborotados, redoblaban el esfuerzo, unos rodilla en tierra, otros escudándose en las cabalgaduras.
Chispeaba el pedernal en las cazoletas en toda la línea, y no pocas balas caían sin fuerza a corta distancia, junto al taco ardiendo.

Una de ellas dio en la cabeza de Cata, sin herirla, pero derribándola de costado.
En esa posición, sin lanzar un grito, empezó a arrastrarse en medio de las malezas hacia lo intrincado del matorral, sobre el que apoyaba su ala Heitor.
Una hondonada cubierta de breñas favorecía sus movimientos.

En su avance de felino, Cata llegó a colocarse a retaguardia de la tropa, casi encima de su jefe.
Oía distintamente las voces de mando, los lamentos de los heridos, y las frases coléricas de los soldados, proferidas ante una resistencia inesperada, tan firme como briosa.
Veía ella en el fondo de las tinieblas la mancha más oscura aún que formaba la tapera, de la que surgían chisporroteos continuos y lúgubres silbidos que se prolongaban en el espacio, pasando con el plomo mortífero por encima del matorral; a la vez que percibía a su alcance la masa de asaltantes al resplandor de sus propios fogonazos, moviéndose en orden, avanzando o retrocediendo, según las voces imperativas.



IV


De la tapera seguían saliendo chorros de fuego entre una humareda espesa que impregnaba el aire de fuerte olor a pólvora.

En el drama del combate nocturno, con sus episodios y detalles heroicos, como en las tragedias antiguas, había un coro extraño, lleno de ecos profundos, de esos que solo parten de la entraña herida. Al unísono con los estampidos, oíanse gritos de muerte, alaridos de hombre y de mujer unidos por la misma cólera, sordas ronqueras de caballos espantados, furioso ladrar de perros; y cuando la radiación eléctrica esparcía su intensa claridad sobre el cuadro, tiñéndolo de un vivo color amarillento, mostraba al ojo del atacante, en medio del nutrido boscaje, dos picachos negros de los que brotaba el plomo, y deformes bultos que se agitaban sin cesar como en una lucha cuerpo a cuerpo. 

Los relámpagos sin serie de retumbos, a manera de gigantescas cabelleras de fuego desplegando sus hebras en el espacio lóbrego, contrastaban por el silencio con las rojizas bocanadas de las armas seguidas de recias detonaciones. El trueno no acompañaba al coro, ni el rayo como ira del cielo la cólera de los hombres. En cambio, algunas gruesas gotas de lluvia caliente golpeaban a intervalos en los rostros sudorosos sin atenuar por eso la fiebre de la pelea.

El continuo choque de proyectiles había concluido por desmoronar uno de los tabiques de barro seco, ya débil y vacilante a causa de los ludimientos de hombres y de bestias, abriendo ancha brecha por la que entraban las balas en fuego oblicuo.

La pequeña fuerza no tenía más que seis soldados en condiciones de pelea. Los demás habían caído uno en pos del otro, o rodado heridos en la zanja del fondo, sin fuerzas ya para el manejo del arma.

Pocos cartuchos quedaban en los saquillos.
El sargento Sanabria empuñando un trabuco, mandó cesar el fuego, ordenando a sus hombres que se echaran de vientre para aprovechar sus últimos tiros cuando el enemigo avanzase.
-Ansi que se quemen ésos -añadió- monte a caballo el que pueda, y a rumbear por el lao de la cuchilla ... Pero antes, naide se mueva si no quiere encontrarse con la boca de mi trabuco... ¿Y qué se han hecho las mujeres? No veo a Cata...
-Aquí hay una -contestó una voz enronquecida-. Tiene rompida la cabeza, y ya se ha puesto medio dura...
-Ha de ser Ciriaca.
-Por lo motosa es la mesma, a la fija.
-¡Cállense! -dijo el sargento.
El enemigo había apagado también sus fuegos, suponiendo una fuga, y avanzaba hacia la "tapera".
Sentíase muy cercano ruido de caballos, choque de sables y crujido de cazoletas.
-No vienen de a pie -dijo Sanabria- ¡Menudeen bala!
Volvieron a estallar las descargas.
Pero, los que avanzaban eran muchos, y la resistencia no podía prolongarse.
Era necesario morir o buscar la salvación en las sombras y en la fuga.
El sargento Sanabria descargó con un bramido su trabuco.

Multitud de balas silbaron al frente; las carabinas portuguesas asomaron casi encima de la zanja sus bocas a manera de colosales tucos, y una humaza densa circundó la "tapera" cubierta de tacos inflamados.
De pronto, las descargas cesaron.

Al recio tiroteo se siguió un movimiento confuso en la tropa asaltante, choques, voces, tumultos, chasquidos de látigos en las tinieblas, cual si un pánico repentino la hubiese acometido; y tras esa confusión pavorosa algunos tiros de pistola y frenéticas carreras, como de quienes se lanzan a escape acosados por el vértigo.

Después un silencio profundo.

Solo el rumor cada vez más lejano de la fuga, se alcanzaba a percibir en aquellos lugares desiertos, y minutos antes animados por el estruendo. Y hombres y caballerías, parecían arrastrados por una tromba invisible que los estrujara con cien rechinamientos entre sus poderosos anillos.



V


Asomaba una aurora gris-cenicienta, pues el sol era impotente para romper la densa valla de nubes tormentosas, cuando una mujer salía arrastrándose sobre manos y rodillas del matorral vecino; y ya en su borde, que trepó con esfuerzo, se detenía sin duda a cobrar alientos, arrojando una mirada escudriñadora por aquellos sitios desolados.

Jinetes y cabalgaduras entre charcos de sangre, tercerolas, sables y morriones caídos acá y acullá, tacos todavía humeantes, lanzones mal encajados en el suelo blando de la hondonada con sus banderolas hechas flecos, algunos heridos revolviéndose en las hierbas, lívidos, exangües, sin alientos para alzar la voz; tal era el cuadro en el campo que ocupó el enemigo.
El capitán Heitor, yacía boca abajo junto a un abrojal ramoso.

Una bala certera disparada por Cata lo había derribado de los lomos en mitad del asalto, produciendo el tiro y la caída, la confusión y la derrota de sus tropas, que en la oscuridad se creyeron acometidas por la espalda.

Al huir aturdidos, presos de un terror súbito, descargaron los que pudieron sus grandes pistolas sobre las breñas, alcanzando a Cata un proyectil en medio del pecho.
De ahí le manaba un grueso hilo de sangre negra.

El capitán aún se movía. Por instantes se crispaba violento, alzándose sobre los codos, para volver a quedarse rígido. La bala le había atravesado el cuello, que tenía todo enrojecido y cubierto de cuajarones.

Revolcado con las ropas en desorden y las espuelas enredadas en la maleza, era el blanco del ojo bravío y siniestro de Cata, que a él se aproximaba en felino arrastre con un cuchillo de mango de asta en la diestra.

Hacia el frente, vejase la tapera hecha terrones; la zanja con el cicutal aplastado por el peso de los cuerpos muertos; y allá en el fondo, donde se marearon los caballos, un montón deforme en que sólo se descubrían cabezas, brazos y piernas de hombres y matalotes en lúgubre entrevero.
El llano estaba solitario. Dos o tres de los caballos que habían escapado a la matanza, mustios, con los ijares hundidos y los aperos revueltos, pugnaban por triscar los pastos a pesar del freno. Saliales junto a las coscojas un borbollón de espuma sanguinolenta.

Al otro flanco, se alzaba un monte de talas cubierto en su base de arbustos espinosos.
En su orilla, como atisbando la presa, con los hocicos al viento y las narices muy abiertas, ávidas de olfateo, medía docena de perros cimarrones iban y venían inquietos lanzando de vez en cuando sordos gruñidos.

Catalina, que había apurado su avance, llegó junto a Heitor, callada, jadeante, con la melena suelta como un marco sombrío a su faz bronceada: reincorporose sobre sus rodillas, dando un ronco resuello, y buscó con los dedos de su izquierda el cuello del oficial portugués, apartando e1 liquido coagulado de los labios de la herida.

Si hubiese visto aquellos ojos negros y fijos; aquella cabeza crinuda inclinada hacia él, aquella mano armada de cuchillo, y sentido aquella respiración entrecortada en cuyos hálitos silbaba el instinto como un reptil quemado a hierro, el brioso soldado hubiérase estremecido de pavura.
Al sentir la presión de aquellos dedos duros como garras, el capitán se sacudió, arrojando una especie de bramido que hubo de ser grito de cólera; pero ella, muda e implacable, introdujo allí el cuchillo, lo revolvió- con un gesto de espantosa saña, y luego cortó con todas sus fuerzas, sujetando bajo sus rodillas la mano de la víctima, que tentó alzarse convulsa.

-¡Al ñudo ha de ser! -rugió el dragón-hembra con ira reconcentrada.

Tejidos y venas abriéronse bajo el acerado filo hasta la tráquea, la cabeza se alzó besando dos veces el suelo, y de la ancha desgarradura saltó- en espeso chorro toda la sangre entre ronquidos.
Esa lluvia caliente y humeante batió el seno de Cata, corriendo hasta el suelo.

Soportola inmóvil, resollante, hoscosa, fiera; y al fin, cuando el fornido cuerpo del capitán cesó de sacudirse quedándose encogido, crispado, con las uñas clavadas en tierra, en tanto el rostro vuelto hacia arriba enseñaba con la boca abierta y los ojos saltados de las órbitas, el ceño iracundo de la última hora, ella se pasó el puño cerrado por el seno de arriba abajo con expresión de asco, hasta hacer salpicar los coágulos lejos, y exclamó con indecible rabia:
-¡Que la lamban los perros!
Luego se echó de bruces, y siguió arrastrándose hasta la tapera.
Entonces, los cimarrones coronaron la loma, dispersos, a paso de fiera, alargando cuanto podían sus pescuezos de erizados pelos como para aspirar mejor el fuerte vaho de los declives.







VI


Algunos cuervos enormes, muy negros, de cabeza pelada y pico ganchudo, extendidas y casi inmóviles las alas, empezaban a poca altura sus giros en el espacio, lanzando su graznido de ansia lúbrica como una nota funeral.

Cerca de la zanja, vejase un perro cimarrón con el hocico y el pecho ensangrentados. Tenía propiamente botas rojas, pues parecía haber hundido los remos delanteros en el vientre de un cadáver.
Cata alargó el brazo, y lo amenazó con el cuchillo. El perro gruñó, enseñó el colmillo, el pelaje se le erizo en el lomo y bajando la cabeza preparose a acometer, viendo sin duda cuán sin fuerzas se arrastraba su enemigo.

-¡Vení, Canelón! -gritó Cata colérica, como si llamara a un viejo amigo- ¡A él, Canelón...
Y se tendió, desfallecida...
Allí, a poca distancia, entre un montón de cuerpos acribillados de heridas, polvorientos, inmóviles con la profunda quietud de la muerte, estaba echado un mastín de piel leonada como haciendo la guardia a su amo.
Un proyectil le había atravesado las paletas en su parte superior, y parecía postrado y dolorido.
Más lo estaba su amo. Era éste el sargento Sanabria, acostado de espaldas con los brazos sobre el pecho, y en cuyas pupilas dilatadas vagaba todavía una lumbre de vida.
Su aspecto era terrible.
La barba castaña recia y dura, que sus soldados comparaban con el borlón de un toro, aparecía teñida de roji-negro.
Tenía una mandíbula rota, y los dos fragmentos del hueso saltado hacia afuera entre carnes trituradas.

En el pecho, otra herida. Al pasarle el plomo el tronco, habíale destrozado una vértebra dorsal.
Agonizaba tieso, aquel organismo poderoso.
Al gritó de Cata, el mastín que junto a él estaba, parecía salir de su sopor; fuese levantando trémulo, como entumecido, dio algunos pasos inseguros fuera del cicutal y asomó la cabeza...
El cimarrón bajó la cola y se alejó relamiéndose los bigotes, a paso lento, importándole más el festín que la lucha. Merodeador de las breñas, compañero del cuervo, venía a hozar en las entrañas frescas, no a medirse en la pelea.

Volviose a su sitio el mastín, y Cata llegó a cruzar la zarja y dominar el lúgubre paisaje.
Detuvo en Sanabria, tendido delante, sobre lecho de cicutas, sus ojos negros, febriles, relucientes, con una expresión intensa de amor y de dolor.
Y arrastrándose siempre llegose a él, se acostó a su lado, tomó alientos, volviose a incorporar con un quejido, lo besó ruidosamente, apartole las manos del pecho, cubriole con las dos suyas le herida y quedose contemplándole con fijeza, cual si observara como se le escapaba a él la vida y a ella también.

Nublábansele las pupilas al sargento, y Cata sentía que dentro de ella aumentaba el estrago en las entrañas.
Giró en derredor la vista quebrada ya, casi exangüe, y pudo distinguir a pocos pasos una cabeza desgreñada que tenía los sesos volcados sobre los párpados a manera de horrible cabellera. El cuerpo estaba hundido entre las breñas.
-¡Ah!... ¡Ciriaca! -exclamó con un hipo violento.
En seguida extendió los brazos, y cayó a plomo sobre Sanabria.
El cuerpo de éste se estremeció; y apagase de súbito el pálido brillo de sus tilos.
Quedaron formando cruz, acostados sobre la misma charca, que Canelón olfateaba de vez en cuando entre hondos lamentos.


Eduardo Acevedo Díaz
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