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El poeta anarquista que inventó el Metegol


"Me dolía ver a aquellos niños cojitos, tan tristes porque no podían jugar al balón con los otros niños...Y pensé: si existe el tenis de mesa, ¡también puede existir el fútbol de mesa!".

Fue así como en 1937, quien por entonces se llamaba Alejandro Campos Ramírez, poeta anarquista inventó el Metegol, ("Taca-Taca" o "Futbolín") para la niñez víctima de la Guerra Civil Española.

Esta es una breve historia de cómo Campos Ramírez se las ingenió para crear un rústico metegol que alivió el dolor de la niñez víctima de una guerra brutal.


"Conseguí unas barras de acero y un carpintero vasco refugiado allí, Javier Altuna, me torneó los muñecos en madera. La caja de la mesa la hizo con madera de pino, creo, y la pelota con buen corcho catalán, aglomerado. Eso permitía buen control de la bola, detenerla, imprimir efecto”, así le expresó Alejandro Campos Ramírez al periodista catalán Víctor Amela.

Alejandro era un joven gallego, residente en el pueblito de Finisterre. Soñaba con ser arquitecto, pero ofició de albañil. Su alma bohemia y busquilla que le permitió conseguir un trabajo de junior en una imprenta. Al fin estaba cerca de quienes cultivaban una de sus mayores pasiones: la poesía. Por esos años se definía a sí mismo como un idealista práctico, una versión de libertario que quería crear aquí y ahora el mundo nuevo que llevaba en su corazón. Las ganas de hacer carne los ideales eran su bandera. 

Fue en ese contexto que estalló la Guerra Civil española.

Una bomba hizo pedazos su casa y quedó con graves dificultades respiratorias y un problema crónico en una de sus piernas. “Era el año 1937. Me gustaba el fútbol, pero yo estaba cojo y no podía jugar». Fue de esta forma como, empatizando con los niños y niñas que la guerra mutiló, tomó la resolución de crear una herramienta que aliviara los amargos días de los pequeños inocentes. Patentó la invención en Barcelona en enero de 1937, a la vez que el primer pasahojas de partituras accionado con el pie, creado para una chica pianista de la que estaba enamorado.

Viendo que la Dictadura de Franco iba a terminar asesinándolo, emigra a Francia cruzando los Pirineos a pie, con la desgracia de perder durante el viaje el documento de la patente que llevaba.

Ya en París, en el año 1948, gracias a la patente del pasahojas, consiguió ganar algo de dinero con el que marchó a Quito (Ecuador), donde fundó la revista Ecuador 0°, 0', 0" en la que le dedicaba cada número a poetas de un país diferente. Más tarde, en 1952, fue al Cabo de Santa María en Guatemala, donde mejoró su futbolín y empezó a fabricarlos, haciendo un buen negocio. Esto sucedió mientras había democracia en ese país, ya que tras el golpe de Estado del coronel Carlos Castillo Armas fue robado y secuestrado por sus ideales republicanos, quedando sin nada de valor.


Agentes especiales españoles lo embarcaron en un avión con dirección a España, pero pudo escapar, se refugió en el lavabo del avión y construyó una bomba ficticia envolviendo una pastilla de jabón con papel de aluminio. Con esa "bomba" amenazó a la tripulación y ganó el favor de los viajeros luego de decirles que era "un refugiado español". El avión se desvió a Panamá, en lo que fue uno de los primeros secuestros de avión.

Llegó luego a Guatemala. Retoma la poesía y perfecciona su Futbolín, como le llamó al invento. Más tarde marchó a México, donde encontró amigos poetas y escritores. Allí permaneció dedicándose a las artes gráficas y a la edición. Fundó y presidió la Editorial Finisterre Impresora, desde la que editó la revista del centro gallego de México y diferentes libros de poetas, entre los que se encuentran León Felipe y Juan Larrea. Además fue redactor de El Nacional y editó un facsímil de la revista Galeusca y el primer libro de poemas de Ernesto Cardenal.

Ya radicado en México, cambió su nombre para homenajear a su pueblo. Desde entonces y hasta ahora, sería Alejandro Finisterre.

Humilde, no quiso ningún reconocimiento por el invento que tantas jornadas nos ha alegrado a todos. “Bah..., de no inventarlo yo, lo hubiese inventado otro...”, señaló hace un tiempo. Murió en 2007, confiando en que objetos como el humilde Taca-Taca, fruto del ingenio y la empatía, serían imperecederos, pese al avance de la tecnología.

En sus últimos días escribió: "Yo creo en el progreso: hay un impulso humano hacia la felicidad, la paz, la justicia y el amor, ¡y ese mundo un día llegará!”


Fue su esposa la soprano de trayectoria internacional María Herrero Palacios, natural de Baños de Valderados, en la comarca de la Ribera. Alejandro Finisterre o Alexandre de Fisterra o Alexandre Campos Ramírez, falleció en Zamora, en su casa del barrio de Pinilla, a la edad de 87 años, el 9 de febrero de 2007. Sus cenizas fueron esparcidas en el Río Duero a su paso por la ciudad de Zamora y en el Atlántico en Finisterre.




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Enigma prehistórico: por qué la ciencia decidió abandonar la búsqueda del eslabón perdido.

La existencia de un ser en la evolución que conectaba al mono con el ser humano obsesionó a los científicos del siglo XIX y perdura hasta hoy


El Australopithecus afarensis, la especie de Lucy, cuyo esqueleto fue encontrado en 1974, fue uno de los tantos homínidos con los que se creyó haber hallado el eslabón perdido, el nexo entre los simios y los seres humanos


La imagen es fácilmente reconocible, un clásico de la divulgación científica. En ella se ve de perfil una serie de personajes que caminan en fila india. El primero de la hilera es un mono, en general un chimpancé. El último, un hombre. Los cuatro o cinco seres que hay entre ellos representan la transición entre el primate y el humano. Es quizás la ilustración más popular para simbolizar la evolución humana.

Y al calor de esa idea de progresión evolutiva lineal, que parece representar esa imagen, se consolidó otro concepto, el de “el eslabón perdido”. Esta noción, que todavía tiene vigencia hoy en el imaginario popular y en algunos medios de comunicación, alude a la existencia de algún ancestro de la humanidad actual, que fue en parte simio y en parte humano.


Una de las tantas versiones que representan la evolución humana


El eslabón perdido era la pieza crucial que unía a la humanidad con los monos y, por lo tanto, con el resto de la naturaleza. Por mucho tiempo, la búsqueda de algún fósil que comprobara la existencia de este eslabón fue una obsesión de buena parte de la comunidad científica, que veían el objetivo de su búsqueda como el Santo Grial de la evolución.

Pero a esta altura es fundamental aclarar que hay dos conceptos que se vertieron aquí que no son correctos. Es que, para la ciencia, en primer lugar, la idea de una evolución progresiva y lineal no tiene asidero en la historia natural.

Y en segundo lugar, también desde un punto de vista científico, el eslabón perdido no existe, o al menos se trata de un concepto por completo erróneo. Así es. Por más atractivo que resulte, posiblemente haya llegado la hora de descartarlo.


El eslabón perdido en el siglo XIX


Naturalistas y divulgadores de la ciencia utilizaron el término “eslabón perdido” en el siglo XIX, especialmente luego de la aparición de El Origen de las especies, el libro que Charles Darwin publicó en 1859.

Entonces, “muchos científicos se abocaron a la búsqueda de esta ‘pieza faltante’ para conectar a los humanos con el resto del reino animal, una evidencia crucial para demostrar la teoría de la evolución por selección natural”, explica  María Pía Tavella, licenciada en Antropología especializada en antropología Genética.


Ernst Haeckel sostenía, como lo ilustra esta imagen de 1874, que desde los organismos unicelulares hasta el hombre, la evolución constaba de 24 pasos y que en el paso 23, estaba el eslabón perdido.


El naturalista alemán Ernst Haeckel era uno de los que entendían la evolución como un proceso progresivo desde las formas más simples a las más complejas. Pocos años después de la publicación del libro de Darwin, este científico estipuló que en la naturaleza existían 24 estadíos hasta llegar al ser humano, y estableció al eslabón perdido en el anteúltimo de ellos. Era un ente que existía entre medio del orangután y el Homo sapiens.

Aún sin tener la menor evidencia de la existencia de ese ser, le puso el nombre científico de Pithecanthropus alalus o, en términos populares, “el hombre mono sin habla”.


El anatomista holandés Eugene Dubois, por su parte, también se obsesionó con la idea de encontrar al eslabón perdido y entre 1891 y 1892 descubrió en Java los restos fósiles de lo que luego sería identificado como el Homo erectus. Entonces, su hallazgo sacudió tanto al universo científico como al de la opinión pública, y pocos dudaron del hecho de que ese “Hombre de Java” encontrado era, en rigor, el famoso eslabón. Pero, pese al entusiasmo reinante, no lo era.


En 1898, el New York Journal anunciaba el hallazgo de los restos de "el hombre de Java" y aseguraba que se trataba de el eslabón perdido


“El eslabón perdido viviente”

“A fines del siglo XIX, el ‘eslabón perdido’ se convirtió en una expresión familiar que se usaba principalmente en relación con la evolución humana y, específicamente, con la hipotética conexión entre primates y humanos. Fue utilizado tanto por científicos como por periodistas. Pero también por entretenedores y presentadores de exhibiciones de curiosidades”, cuenta Tavella.

En relación con esto último, tanto en Estados Unidos como en Europa comenzaron a exhibirse en ferias personas de etnias “exóticas”, a quienes se presentaba muchas veces como “el eslabón perdido viviente”. Un ejemplo de ello fue Kraos, una niña laosiana que sufría de hipertricosis, una afección por la que crece el pelo en áreas del cuerpo donde no suele crecer.

De acuerdo con lo que cuenta el biólogo catalán Alex Richter-Boix en su sitio de biología y ecología evolutiva Evoikos, Kraos fue “capturada” en su país en 1881 y años más tarde recorrió toda Europa de la mano del promotor de espectáculos canadiense Antonio, el Gran Farini. La niña era presentada como “El eslabón perdido: la prueba viviente de la teoría del origen del hombre de Darwin”.



Krao, la niña de Laos afectada con hipertricosis era presentada en las ferias europeas bajo el nombre de "el eslabón perdido viviente".


De este modo, se comprueba también cómo la idea de un eslabón perdido servía de excusa para reafirmar los prejuicios eurocentristas respecto de otros grupos humanos y para confirmar una perspectiva racista desde una supuesta teoría científica evolutiva. Así también, en los Estados Unidos, numerosos afroamericanos eran exhibidos como seres considerados a medio camino entre el Homo sapiens y los chimpancés.


Darwin y la scala naturae


Pero más allá de estos nocivos efectos colaterales de su teoría, lo que logró Darwin con su obra (a El origen de las especies le siguió, en 1871, la publicación de El origen del hombre) fue confirmar que la humanidad no era otra cosa que el resultado de un proceso natural, con un origen compartido con otros animales. El hombre y la mujer no eran, de esta manera, el propósito último del universo, como se sostenía hasta entonces.

Tavella cita a la antropóloga y escritora estadounidense Misia Landau, quien señaló que la narración estándar de la evolución humana empezó necesariamente con un héroe, y ese no era otro que el naturalista británico.


Charles Darwin, autor de El origen de las especies y El origen del hombre, dos obras clave para la ciencia del siglo XIX



“Dado que la teoría expuesta por Darwin proponía un origen común entre simios y humanos, se esperaba que su ancestro común tuviera la característica de ambos. Así empezó la búsqueda del eslabón perdido en el registro fósil y surgió la disciplina que hoy conocemos como Paleoantropología”, explica la antropóloga Tavella.

Entonces también se debatía en qué lugar del planeta sería posible hallar a este nexo entre simios y humanos. Algunos científicos hablaban de Asia, y otros, de África.

Sin embargo, antes aún de la teoría darwiniana, existía el concepto de la Scala naturae del pensamiento cristiano del iluminismo, o de la cadena de los seres vivos, a los que se jerarquizaba de los más simples a los más complejos. De modo que, asegura Tavella, “la idea de eslabones perdidos en la cadena de seres, la noción de huecos en el registro fósil ya estaba muy establecida con anterioridad a El origen de las especies en la Inglaterra victoriana”.


Ilustración del Pithecanthropus alalus, el "hombre mono sin habla" que había imaginado el naturalista alemán Ernst Haeckell


“No hay eslabón perdido”

Para el 1900, el eslabón perdido había pasado de ser un concepto científico hipotético a convertirse en un objeto materializado -ilusoriamente- en sitios de excavación, museos, periódicos, caricaturas y mercados. Muchos creyeron haberlo encontrado, muchos fueron desestimados, pero pocos dudaron de su existencia.

Sin embargo, ya por aquel entonces había voces que se elevaban contra el que parecía ser un concepto científico universal. Es el caso del antropólogo británico Edward Clodd, que ya en 1895 escribió algo que prácticamente se sostiene hasta el día de hoy. “El hombre no es ni descendiente ni hermano de los simios, sino una especie de primo. Y la respuesta a la pregunta: ‘¿Dónde está el eslabón perdido?’, es: “no hay eslabón perdido, y nunca lo hubo”, expresó el científico, que también era banquero y escritor.

“Las similitudes y diferencias entre simios y humanos se explican del mismo modo que las similitudes y diferencias de los simios entre sí -prosiguió Clodd-. Las similitudes son causadas por la descendencia de un ancestro común, mientras que las diferencias han surgido lentamente de formas sutiles. Los primates forman las ramas superiores del árbol de la vida, cuya rama más alta es el hombre”.



Restos del Homo naledi, encontrados cerca de Johanesburgo, en Sudáfrica



La cita es extensa, pero vale para entender el por qué de la negativa científica a hablar del eslabón perdido, aunque el concepto insista en persistir hasta el día de hoy y aparezca aun en algunos titulares casi cada vez que los paleoantropólogos encuentran los fósiles de algún homínido.

Así ocurrió, por caso, cuando se descubrió el Australopithecus africanus, en 1924, con la aparición del Homo habilis, en 1964 y con el hallazgo del Austalopithecus aferensis, la famosa Lucy, en 1974.



La evolución como un árbol ramificado

De regreso a la ilustración que lleva en fila india del mono al hombre, la primera vez que se publicó fue en un libro de 1965 llamado El hombre primitivo (Early Man), del antropólogo estadounidense Francis Clark Howell. El ya clásico dibujo fue realizado por Rudolph F. Zallinger y lleva por título “El camino hacia el Homo sapiens”.


Una versión abreviada de la ilustración conocida como "el camino del Homo sapiens", publicada originalmente en el libro Early Man, del año 1965


Aunque en ese libro, el propio Howell advirtió que no debía tomarse de modo literal como si se tratara de una progresión directa entre las especies, la popularidad de la imagen fue tan vertiginosa e inmensa que no se pudo impedir su malinterpretación.

“El problema es que la imagen da a entender que la evolución humana se dio como un proceso unilineal y progresivo, y que ese proceso tiende a un fin: el hombre blanco moderno”, señala Tavella.

Sin embargo, agrega la científica, hace décadas que esa visión está “desterrada por la evidencia paleontoantropológica y genética”. No hubo evolución lineal. En cambio, “los homínidos se ramificaron y divergieron en géneros y especies separadas desde los principios de su evolución”.


Entonces, para representar el proceso evolutivo, no tiene nada que hacer la fila india, sino más bien la idea de un arbusto muy ramificado donde los humanos “son solo una ramita”, como señala el antropólogo británico Robert Foley, autor del libro Humanos antes de la humanidad, de 1997.


Ilustración de un grupo de neandertales


“La metáfora de la evolución como un árbol ramificado es uno de los componentes principales ya desde la teoría darwinista -afirma Tavella-, donde los organismos actuales (los extremos de las ramas) descienden de ancestros comunes en el pasado. Sin embargo, esta noción aparece menos representada en la literatura de divulgación y en la enseñanza básica, donde se sigue colando el lastre de la ‘escala evolutiva’, herencia del siglo XVIII”.

Para redondear estos conceptos, la antropóloga señala que las representaciones lineales transmiten la falsa idea de que los primates actuales son nuestros antepasados, cuando más bien compartimos ancestros. “La separación entre el linaje humano y el de chimpancés y gorilas ocurrió hace entre 6 y 8 millones de años, por lo que cada línea evolutiva siguió su proceso independiente todo este tiempo”, asegura.

Como prueba de que ciertos especímenes primitivos no eran nuestros antepasados, sino más bien nuestros “primos” por decirlo de alguna manera, baste decir que hay evidencia genética de que el Homo Sapiens se cruzó con especies de homínidos con las que convivió en el Pleistoceno medio, como el Homo neanderthalensis o los Denisovanos.

Si bien el homo sapiens, el ser humano actual, habita sin otros homínidos el planeta hace 30.000 años, todavía hay pruebas de las hibridaciones que realizó con humanos arcaicos. “Podemos observar entre 2-4 por ciento de ancestría genética de origen neandertal en poblaciones actuales de Eurasia y hasta 6 por ciento de ancestría proveniente de los Denisovanos en algunas poblaciones oceánicas”, informa Tavella.


El Homo sapiens convivió unos miles de años con el Homo neanderthalensis y con los Denisovanos


La evolución es un hecho, no un propósito

Otro mito con respecto a la evolución tiene que ver con que es un proceso progresivo hacia organismos “mejores” o “superiores”. Por lo contrario, como sostenía el célebre paleontólogo estadounidense Stephen Jay Gould, la evolución es un hecho, no un propósito. Esto es, el devenir evolutivo es resultado de una interacción única entre procesos azarosos y deterministas, no es el resultado de un plan.



“La evolución se basa en continuidades y discontinuidades -agrega Tavella-. La naturaleza biocultural de los humanos es la principal discontinuidad que emerge de nuestra historia evolutiva. Los seres humanos nos definimos por habernos convertido en seres complejos. La cuestión es si esa complejidad es exclusiva de nuestra especie o si ha emergido en otras especies”.

Lo cierto es que la conducta humana y su capacidad mental han sido el auténtico distintivo -más que lo anatómico- para diferenciar a los Homo sapiens de otras especies animales. Se cree que estos rasgos puramente humanos surgieron como respuesta a los frecuentes cambios climáticos ocurridos en el período pleistoceno, gracias a los cuales nuestros ancestros desarrollaron habilidades para la cooperación, el aprendizaje social y la acumulación cultural.


Algunas poblaciones actuales de Oceanía tienen un 6% de ancestría genética proveniente de los Denisovanos, coom el que se representa en la imagen


“Entre los rasgos que ayudan a definir el comportamiento humano moderno se señalan varios: el lenguaje articulado y simbólico, el manejo del fuego, la tecnología lítica de láminas (herramientas de piedra), la talla sobre hueso, la ornamentación corporal, la práctica de rituales o la construcción de redes de intercambio”, señala Tavella.

La antropóloga añade que muchas de esas adquisiciones evolutivas ya estaban presentes en otras especies del género homo -sobre todo en los Neandertales, pero quizás también en sus antecesores, los Homo heidelbergensis-, pero es el Homo sapiens quien las generaliza “a escala planetaria”.


En conclusión, contrariamente a lo que todavía puede creerse, la evolución no es un proceso lineal ni progresivo, sino más bien ramificado y azaroso. Y por eso mismo, al no existir una gradación escalonada entre las especies, tampoco es posible que exista un solo eslabón que haga la conexión entre una y otra.

En otras palabras el eslabón perdido no existe, o, al menos, es un concepto erróneo. A esta altura, es apenas un mito, una antigua utopía científica que se extinguió pero que, de todas formas, sigue dando batalla en los medios y en el imaginario popular.


FUENTE: La Nación
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La fiesta que acabó con un imperio


La celebración del 2.500 aniversario de la creación del Imperio persa fue una de las más caras y grandiosas en la historia de la humanidad.

La indignación de la población con la decisión del entonces sah dejó una enorme huella en las mentes de la población y se considera una de las razones por las que el régimen del sah cayó.



La celebración, que tuvo lugar hace medio siglo, duró cinco días, entre el 12 y el 16 de octubre de 1971, y conmemoró la fundación del Imperio persa aqueménida por el rey Ciro el Grande.

El objetivo de las celebraciones no fue simplemente rendir homenaje a la antigua cultura y celebrar la historia de Irán. Era mucho más importante mostrar al mundo los avances tecnológicos del Irán del sah Mohammad Reza Pahleví.
La pomposidad con la que se celebró el 2.500 aniversario de Persia indignó a muchos habitantes. Había serias razones detrás de su ira.
La mayoría de ellos vivía en condiciones precarias, mientras que la monarquía despilfarraba decenas de millones de dólares en dicha festividad.

Para más inri en el evento sí había numerosos invitados extranjeros, pero muy pocos verdaderos 'invitados de honor', los propios persas.


El sah por alguna razón dejó de lado a sus propios súbditos y lo festejó con los líderes mundiales. Muchos creen que la ira y la decepción de los habitantes con el paso del tiempo llevaron a la Revolución de 1979.

Este punto de vista no es universalmente aceptado, pero sí se puede decir con certeza que fue uno de los factores que dieron inicio a los eventos que llevaron al cambio de poder en el país, y que a su vez culminó con la proclamación de la república islámica.

Precisamente por eso muchos consideran que esta fiesta, que buscaba celebrar la creación y la existencia del imperio, en realidad acabó con él para siempre.


El ayatolá Jomeiní


Los clérigos que luego llegarían al poder, en particular el ayatolá Jomeiní, entonces criticaron duramente la celebración al tacharla de 'festival del diablo'. La crítica de aquellos acontecimientos persiste incluso en la actualidad.


Los preparativos para la mayor fiesta de la historia




Los preparativos para la celebración del 2.500 aniversario duraron casi un año. Para enfatizar la importancia del evento el régimen del sah decidió celebrar el evento en la antigua capital del Imperio aqueménida, Persépolis, ubicada cerca de la actual ciudad iraní de Shiraz.

Una de las partes más importantes de los preparativos para el evento fue la modernización de la infraestructura de transporte: la construcción de una carretera que conectaría el lugar de las celebraciones con el modernizado aeropuerto internacional de Shiraz.
La meta de las autoridades persas era conseguir casi lo impensable: crear un oasis en medio de un desierto, la zona de Persépolis.

Para hacer realidad el sueño del sah había que importar hierba, árboles e incluso animales de otras partes del planeta. Los autores de este grandioso proyecto hasta limpiaron el desierto de serpientes y de demás especies para que los invitados se sintieran más cómodos.

Los creadores de la nueva Persépolis crearon la llamada Ciudad de Tiendas. compuesta de 50 tiendas para dar hospedaje a numerosos invitados extranjeros.
 



Hoy esta ciudad, al igual que otras partes de la 'nueva Persépolis’, luce abandonada. Es un recordatorio y un monumento al despilfarro totalmente insensato de dinero público.


La gran preocupación fue la seguridad, dada la alta concentración de líderes mundiales en un solo lugar, y que además dicho sitio estaba muy aislado, lo que representaba un gran peligro para quienes se encontraban en él.

Para estos fines las tiendas donde vivían estaban equipadas con teléfonos y con conexión por satélite.

La lujosa celebración

La fiesta que entró en la historia por su pompa

El evento fue tan importante que se televisó y transmitió en muchos países. Los monarcas de Irán, el rey y la reina, dieron inicio a la festividad el 12 de octubre, cuando rindieron homenaje al rey aqueménida y fundador del Imperio, Ciro el Grande.

El evento contó con muchos asistentes, y los monarcas los recibieron personalmente durante los dos primeros días.






La celebración de la fundación del Imperio persa coincidió con el cumpleaños de la reina, Farah Pahlaví. Precisamente el 14 de octubre tuvo lugar la famosa cena de gala. Los 600 invitados cenaron durante más de cinco horas.

Se convirtió en el banquete más prolongado y pomposo de la historia moderna. Los gastos fueron altísimos, y la cena también destacó por la ausencia de los ciudadanos del país, a excepción de la mismísima familia real.




Entre los invitados había muchos monarcas de las familias reales de Europa, pero también otros líderes políticos.

Los más destacados fueron el heredero al trono de España, Juan Carlos de Borbón; el jefe de Estado de Yugoslavia, Josip Broz Tito; el presidente de Brasil, Emílio Garrastazu Médici; y el vicepresidente de Estados Unidos, Spiro Agnew. La reina británica, Isabel II, no asistió al evento por razones de seguridad.






Las celebraciones continuaron con el desfile militar de las Fuerzas Armadas iraníes y con otro banquete menos oficial. El día 16 concluyó las celebraciones con la inauguración de la torre Shahyad, en la capital del país, Teherán.

Hoy es una de las principales atracciones turísticas de la ciudad, pero tras la Revolución iraní fue renombrada como Torre Azadi, o Torre Libertad. Las ruinas de Persépolis son ahora una atracción turística.




El legado de la festividad del 2.500 aniversario del Imperio persa está vivo incluso hoy porque muchos creen que ya no hay vuelta atrás al despilfarro insensato de dinero a manos de la familia real.
Que los ciudadanos no fueran invitados fue una bofetada del sah que el pueblo todavía recuerda.


FUENTE: Sputnik

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Mantis religiosa de 30 millones de años.



 

La mantis religiosa incrustada en esta preciosa ámbar de poco más de una pulgada de tamaño, ha quedado conservada, resistiendo al paso del tiempo, durante más de 30 millones de años.

La pieza tiene su origen en la República Dominicana y proviene de la extinta Hymenaea protera, un árbol leguminoso prehistórico.

Actualmente, las más de 2.400 especies de mantis que hay, viven, sobre todo, en climas tropicales, pero, los primeros fósiles de mantis, que datan de hace 135 millones de años, son de Siberia.

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¿Por qué se cortó la oreja Vincent Van Gogh?


 


La teoría de la absenta

Según los historiadores, la versión más oficial sobre la razón por la que Van Gogh se mutiló la oreja aquella noche de 1888, es que el pintor en medio de una crisis existencial y posiblemente bajo los efectos de la absenta en exceso que bebía, cortó su oreja izquierda con una hoja de afeitar, la envolvió en un pañuelo y corrió a un burdel para regalársela a una prostituta y se fue. Ella se quedó en shock, habló a la policía y les contó lo ocurrido.

La policía fue a buscar a Van Gogh a su casa y lo encontraron desangrado y muy débil.


 

La teoría de Paul Gauguin

Otra de las teorías es que el artista francés Paul Gauguin fue quien le cortó la oreja a Van Gogh para defenderse de una pelea que tuvieron, pues también se cuenta que tenían una relación secreta.

Se dice que ambos estaban en estado de ebriedad y comenzaron a discutir debido a que Gauguin le pidió a Van Gogh que se fuera a vivir a París, ya que el pintor vivía en Arles en ese momento y se molestó.

Iniciaron una pelea y al momento de defenderse Gauguin le cortó la oreja a Van Gogh, pero éste negó que Gauguin le cortó la oreja posiblemente para que no se le acusara.


La teoría de Bernadette Murphy

En relación a la primera teoría, existe una nueva versión publicada en el libro 'La oreja de Van Gogh: la verdadera historia' de la escritora inglesa Bernardette Murphy.

La autora cuenta en el libro que el propio Van Gogh se cortó la oreja mirándose en el mismo espejo que usaba para sus famosos autorretratos, y la supuesta prostituta que la recibió "como regalo" era la hija de un granjero que trabajaba como encargada de la limpieza del burdel.


Sea la teoría que sea, sin duda es uno de los misterios más grandes en el mundo del arte.


FUENTE: RSVP Online

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La misteriosa civilización de Tartessos




En el siglo IV a.C. el historiador griego Éforo de Cime escribió, entre otros muchos lugares, de “un mercado muy próspero, la llamada Tartessos, ciudad ilustre, regada por un río que lleva gran cantidad de estaño, oro y cobre de Céltica”. Por aquel entonces no quedaba rastro de la civilización a la que se refería, que algunos identificaron con la legendaria Atlántida de Platón, y durante más de dos milenios se consideró uno de tantos mitos; hasta que bien entrado el siglo XX se descubrió un tesoro de la Edad del Hierro cerca de Sevilla, del modo en el que suelen descubrirse otros muchos tesoros: en el transcurso de unas obras.


Aquel hallazgo, bautizado como el tesoro de El Carambolo, fue la primera evidencia arqueológica de esta misteriosa civilización que tomó el nombre del río Guadalquivir, llamado antiguamente Tartessos, a cuyas orillas se desarrolló. Fue una de las más importantes culturas autóctonas de la península Iberica y, a través de su comercio con fenicios y griegos, protagonizó un cambio radical en el modo de vida de los pueblos ibéricos.



¿UNA CULTURA ORIGINAL?

Los orígenes de Tartessos son confusos y sigue abierto el debate acerca de si debe considerarse una cultura plenamente autóctona o el resultado de una transformación de una cultura previa a partir de su contacto con otros pueblos. Existe una evolución clara en el modo de vida de los habitantes del curso bajo del Guadalquivir antes y después del siglo IX a.C., cuando empezaron a tener contacto con los fenicios y griegos que se establecieron en la costa sur de la península.


En azul claro, área de influencia de la cultura tartésica.


Con anterioridad a ese contacto, las comunidades se podían considerar preurbanas a todos los efectos: eran grupos reducidos, vivían en poblados pequeños y de construcción sencilla, la economía era simple -básicamente agricultura, recolección, ganadería y pesca- y no existía una gran especialización de las tareas ni una jerarquía social compleja. Pero las tierras en las que habitaban eran ricas en metales, incluyendo algunos que eran codiciados por los fenicios y griegos, como el oro y la plata.


La extracción y comercio de estos recursos fue el detonante de la transformación de los tartesios en una cultura urbana, de ahí que parte de los estudiosos planteen dudas sobre la originalidad de esta civilización y de si se habría desarrollado en ausencia de este incentivo. El hecho de que las fuentes que hablan de ellos sean posteriores a este encuentro arroja más dudas aún puesto que habla de una sociedad que ya estaba profundamente “contaminada” de elementos externos.



LA REVOLUCIÓN VENIDA DE ORIENTE


Este periodo que empieza alrededor del año 700 es llamado orientalizante por un buen motivo: los tartesios absorbieron muchos elementos culturales de los fenicios, sus primeros grandes socios comerciales, como el alfabeto, la religión y prácticas culturales como la cremación de los difuntos. También la sociedad se orientalizó siguiendo el modelo de las metrópolis fenicias del Próximo Oriente: los poblados se transformaron en ciudades, las casas empezaron a construirse con habitaciones separadas destinadas a fines distintos, la población creció, las tareas se especializaron y la jerarquía se volvió más vertical con la aparición de una élite aristocrática.


La economía de los tartesios experimentó una auténtica revolución gracias a su contacto con los pueblos del Mediterráneo oriental. Los fenicios trajeron nuevos cultivos como la vid y animales deconocidos como los burros y las gallinas, haciendo mucho más productiva la agricultura y la ganadería. La gran aportación de los griegos fue, en cambio, el torno de alfarería, puesto que hasta entonces la cerámica se producía totalmente a mano: este invento permitió crear nuevos tipos de recipientes en los que almacenar los excedentes para periodos de escasez o para el comercio, tanto con los nuevos llegados como con otros pueblos ibéricos.


La economía de los tartesios experimentó una auténtica revolución gracias a su contacto con fenicios y griegos

 

El comercio de recursos minerales permitió a las élites enriquecerse y adoptar el concepto del lujo: a cambio de los metales preciosos podían obtener productos elaborados para el lucimiento personal, en vida pero también en la muerte, con la aparición de tumbas principescas. Los tartesios aprendieron ellos mismos la artesanía del metal para crear sus propios objetos de lujo, así como armas mejores fabricadas con hierro, una tecnología que desconocían.



Tesoro de La Aliseda

El conjunto de piezas de oro hallado en La Aliseda (Cáceres), que tal vez fue el ajuar funerario de una dama de alcurnia, permite apreciar con claridad el influjo fenicio en el ámbito de Tartessos. Así sucede con el cinturón, que consta de más de sesenta piezas en las que se han representado temas orientales como grifos alados, palmetas y un hombre luchando con un león.




EL FIN DE LOS TARTESIOS

Una ironía de la civilización tartésica es que desaparece de repente de la historia precisamente cuando parece estar en su momento de apogeo, a finales del siglo VI a.C. Esta época se corresponde con el reinado de Argantonio, el único de sus monarcas conocidos, y con dos hechos históricos de gran relevancia en la historia del Mediterráneo antiguo: a principios del siglo VI a.C. los babilonios conquistan las ciudades fenicias y en el año 535 a.C. los griegos, aliados de los tartesios, son derrotados por una coalición de cartagineses y etruscos en las aguas que separan Córcega y Cerdeña. A causa de esos dos acontecimientos, las colonias griegas y fenicias en el oeste del Mediterráneo quedaron aisladas de sus metrópolis.


Alrededor del año 500 a.C. deja de haber noticias de los tartesios, lo cual implica o bien su colapso o su destrucción o absorción por parte de los cartagineses


Esto por una parte interrumpía el comercio al que se dedicaban y, lo más preocupante, las dejaba desprotegidas frente a la nueva potencia del mar, Cartago. Es posible que esta quisiera hacer pagar a los tartesios su alianza con los griegos o que simplemente desearan apoderarse de las fuentes de riqueza que estos poseían. Sin embargo, no es descartable la teoría de un colapso económico, bien por la pérdida de sus socios comerciales, por el agotamiento de los recursos con los que comerciaban, o una combinación de ambos factores.


El único hecho seguro es que alrededor del año 500 a.C. deja de haber noticias de los tartesios, lo cual implica o bien su colapso o su destrucción o absorción por parte de los cartagineses. A partir de entonces la historia se mezcla con la leyenda, especialmente con el mito de Hércules, que habría viajado hasta aquellas tierras para realizar el décimo de sus trabajos, consistente en matar al gigante Gerión. Fue precisamente este héroe quien dio nombre al lugar que marcaba el extremo sur de los dominios de los tartesios: las Columnas de Hércules, las dos elevaciones -el peñón de Gibraltar en Europa y el monte Musa en África- que marcan el extremo occidental del Mediterráneo.


FUENTE: National Geographic

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Esta recreación digital de Anticitera, el ordenador más antiguo del mundo, dice haber descifrado cómo funcionaba



Pocos artilugios son más enigmáticos para la humanidad que Anticitera. Considerando el ordenador analógico más antiguo del mundo, data del 205 a.C. Desde que fue descubierto en 1901 los arqueólogos, ingenieros y matemáticos han tratado de descifrar cómo funcionaba. Ahora, una nueva recreación digital parece haber dado con la respuesta.


Anticitera fue descubierto en 1901 por unos buzos junto a una serie de tesoros rescatados de un barco mercante hundido. El barco, frente a la isla griega de Anticitera, se cree que se hundió por una tormenta en el siglo I antes de Cristo. No está en perfectas condiciones, para nada. Sólo queda un tercio del dispositivo y evidentemente maltratado por las condiciones del entorno y el tiempo.




Anticitera es una especie de calculadora astronómica. El dispositivo mostraba el movimiento de los planetas conocidos por aquel entonces (Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter y Saturno), el Sol y la Luna. Se basaba en la idea de que la Tierra y no el Sol estaba en el centro. A pesar de todo, acertaba con precisión las trayectorias. Cómo hacía para predecir con exactitud estos movimientos es algo que sigue desconcertando a todo el mundo.


Compuesto por decenas de ruedas dentadas de bronce, diales y punteros el aparato permitía mover una manivela para ver cómo se movía en el tiempo cada uno de los astros. Estaba guardado en una caja de madera y además contenía un "manual de usuario" en inscripciones sobre el mismo. A pesar de todo, ha sido aún imposible saber con exactitud cómo funcionaba internamente.



En una nueva investigación publicada por un equipo de la Universidad de Londres (UCL), dicen haber dado con la respuesta. Al menos en parte, aunque esto también genera más y más preguntas y dudas acerca de Anticitera.



Fácil de construir con herramientas modernas, aparentemente imposible en la antigüedad

Basándose en trabajos anteriores de otros investigadores, en el manual de uso que traía el dispositivo y en teorías matemáticas de la época... el equipo de la UCL ha construido un nuevo Anticitera. Este nuevo Anticitera de momento es digital, un modelo 3D hecho por ordenador que, en principio, funciona. Han publicado un vídeo donde se aprecia el modelo 3D.


El resultado es un modelo con decenas de ruedas dentadas que caben en un mecanismo de apenas 2,5 centímetros de profundidad. Esto, además de asombroso, genera muchas dudas. Y es que el mecanismo es tan complejo que ahora surge la duda de cómo habrían construido esos engranajes los antiguos griegos sin un torno para dar forma al metal. Es decir, actualmente es relativamente sencillo de construir con un torno y tecnologías actuales, pero no con las herramientas de la antigüedad.


El objetivo ahora es reconstruir Anticitera en un modelo real. Primero lo harán con técnicas actuales de moldeado de metales, después lo intentarán con las tecnologías que se sabe que tenían los griegos hace dos milenios.


FUENTE: Xataka



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El día (hace 527 años) en que Portugal y España se repartieron el "nuevo mundo"

 

Este cuadro del siglo XV refleja cómo fue la firma del tratado de Tordesillas.

En pleno centro de España, en medio de las frías y áridas tierras castellanas, se erige una pequeña localidad de 141 kilómetros cuadrados.

La habitan en la actualidad unas 9.000 personas y ostenta el título de "muy ilustre, antigua, coronada, leal y nobilísima villa".

Allí ocurrió hace 527 años un hecho histórico que determinó la configuración política y territorial de América, dividió al mundo en dos hemisferios y definió la lengua y la cultura de millones de personas.

Esa localidad llamada Tordesillas se encuentra al norte de Madrid.

Allí fue donde el 7 de junio de 1494 las dos grandes potencias de la época, Castilla y Portugal, llegaron a un acuerdo para repartirse las zonas de navegación del océano Atlántico y los territorios del 'nuevo mundo'.

Se considera que el documento del Tratado es el primero de la historia de la América Latina.


Un año antes, en marzo de 1493, Cristóbal Colón había regresado a Castilla con una noticia sorprendente.

El viaje que había emprendido el 3 de agosto de 1492 desde el puerto español de Palos de la Frontera en busca de una ruta más corta hacia Asia -donde los comerciantes europeos obtenían las especias, que se empleaban para condimentar los alimentos, las que alcanzaban precios altísimos- había dado sus frutos.

La expedición había concluido con el descubrimiento de unas nuevas tierras desconocidas hasta entonces en Europa.

Las disputas por el control de esos territorios entre las dos grandes potencias marítimas de entonces -Castilla y Portugal- comenzaron de inmediato.

El ambiente echaba chispas. Había que hacer algo para evitar la guerra.

Así que en marzo de 1494 representantes de Juan II de Portugal y de los Reyes Católicos (Isabel de Castilla y Fernando de Aragón) se reunieron por primera vez en Tordesillas.



Tordesillas es un municipio de la provincia española de Valladolid, que hoy en día tiene unos 9.000 habitantes.


El objetivo era establecer un acuerdo que delimitara los ámbitos de actuación de cada reino y restableciera la paz entre las dos coronas.

Tordesillas era por aquel entonces una localidad importante de Castilla, un punto estratégico de pasogracias a su puente medieval sobre el río Duero.

Rodeada por una muralla, la villa tenía unos 3.500 habitantes.

La deuda, el motor que impulsó la Conquista de América y el nacimiento de la economía moderna
Las reuniones entre los embajadores de Juan II y de los Reyes Católicos se desarrollaron en un magnífico e imponente palacio de Tordesillas.

Estaba recién construido y sobre cuya puerta se encontraba el escudo real de los Reyes Católicos y el de su propietario, Alfonso González de Tordesillas.

Empezó a levantarse en 1488 y al año siguiente ya se había completado.


Las Casas del Tratado de Tordesillas están formadas por dos palacios.

Ese recio palacio, que asienta sobre un montículo que domina el río Duero y que aún sigue en pie, reconvertido ahora en el Museo del Tratado, acogió las negociaciones entre los embajadores de España y Portugal para repartirse el océano Atlántico y los nuevos territorios que Colón acababa de descubrir.

De lo que se acordara en Tordesillas dependía el futuro de la política atlántica de ambos reinos, por lo que tanto el rey portugués como los reyes castellanos siguieron muy de cerca el desarrollo de las negociaciones.

Pero cuando las negociaciones estaban a punto de comenzar el rey portugués cayó enfermo.

Tenía 38 años y 30 meses después moriría.

A causa de su enfermedad, Juan II permaneció durante todas las negociaciones en Setúbal, una localidad portuguesa a 50 kilómetros al sur de Lisboa, pero intercambiando constantemente mensajes con sus embajadores.


Museo del Tratado de Tordesillas.


Mientras tanto los Reyes Católicos siguieron las negociaciones de Tordesillas primero desde la vecina localidad de Medina del Campo -a 24 kilómetros- y posteriormente desde la propia Tordesillas, residiendo en esa villa del 8 de mayo al 8 de junio.



La raya de Colón

Hay que tener en cuenta que al regresar de su primer viaje, Colón ni siquiera era capaz de localizar con certeza las nuevas tierras que había encontrado camino de lo que él pensaba que era la India.

Así que cuando los reyes castellanos le preguntaron cómo pensaba que había que solucionar el conflicto entre España y Portugal, Colón propuso que se trazara una raya divisoria de norte a sur conocida como "raya de Colón", que y según todos los indicios pasaba por Cabo Verde y las Azores.

Isabel y Fernando presentaron entonces la propuesta al Papa Alejandro VI para que mediara en el conflicto.


América Latina quedó dividida por una raya de norte a sur conocida como "raya de Colón".


El pontífice, que era de origen español y que debía favores a los Reyes Católicos, admitió la propuesta pero, como le parecía excesivamente favorable a los intereses de Castilla y descaradamente perjudicial a los de Portugal, en la bula que emitió desplazó la línea divisoria 100 leguas al oeste de las Azores y Cabo Verde.

En ese punto de la negociación, Juan II aceptó ese meridiano que parte el océano Atlántico de polo a polo.

Pero en el proceso de discusiones de Tordesillas los portugueses solicitaron un desplazamiento de la línea divisoria a 370 leguas al oeste de Cabo Verde.

Basaban esa petición en su necesidad de poder regresar de San Jorge de Mina -un puerto de dominio portugués ubicado en África, sobre la costa del golfo de Guinea, en el lugar que ocupa actualmente la ciudad de Elmina en Ghana- sin tener que invadir la costa castellana.

La reclamación de Juan II fue aceptada por los monarcas españoles, considerando que estaban concediendo a Portugal agua y nada más que agua.


El puente medieval sobre el río Duero, que hacía de Tordesillas una villa muy segura.


De esa manera, el 7 junio de 1494 las dos partes aceptan dividir el Océano Atlántico con una tercera y definitiva raya, la "raya del Tratado de Tordesillas", situada a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde.

Todo lo situado al este del meridiano pactado en Tordesillas sería para Portugal, mientras que lo que quedaba al oeste se lo adjudicaba Castilla.

Los reyes Isabel y Fernando, así como sus embajadores, se frotaron las manos pensando que habían ganado la partida.

El tratado, pensaban, dejaba todas las tierras del 'nuevo mundo' en manos de la corona castellana, mientras que Portugal se tendría que conformar simplemente con agua.

Dominio portugués


Sin embargo, se equivocaron.

Cometieron un grave error.

Un error gigantesco llamado Brasil, un enorme territorio entonces desconocido y que, al encontrase en extremo este de América, caía de lleno dentro de la zona de dominio portuguesa.

Así que cuando el navegante Pedro Álvares de Cabral llegó en 1500 a la costa del actual estado de Bahía, Brasil pasó a manos portuguesas.


Este mapa de 1502 muestra el territorio del nuevo mundo descubierto por Cristobal Colón.


Algunos historiadores consideran que es muy posible que los portugueses conociesen ya la escasa distancia que separa a la costa brasileña de las islas de Cabo Verde (4.663 km) y que fue por eso por lo que presionaron para "mover" la línea 270 leguas al oeste.

Pero aunque hace 525 años fue en Tordesillas donde Portugal y España se repartieron el 'nuevo mundo', el tratado firmado entonces no se conserva en esta localidad.

El documento original en castellano firmado por los reyes Católicos se conserva en Lisboa, en el Arquivo nacional da Torre do Tombo, mientras que la versión en portugués, con la firma de Juan II, se custodia en el Archivo General de las Indias, en Sevilla.

En cualquier caso el Tratado de Tordesillas es el único documento español inscrito en el registro "Memoria del Mundo" de la Unesco, un registro creado en 1992 con el fin de preservar los documentos patrimonio de la humanidad.


La Plaza Mayor de Tordesillas data del siglo XVI.


Pero Tordesillas tiene más historia que la relacionada con el Tratado firmado en esa ciudad.

Los 800 años largos de historia que esa localidad arrastra se pueden apreciar en muchos de sus rincones, plazas, callejuelas, iglesias, palacios

Empezando por su maravillosa Plaza Mayor, del siglo XVI, de forma cuadrada y rodeada de soportales con columnas.

Y continuando, por ejemplo, con el monasterio de Santa Clara, un extraordinario conjunto mudéjar del siglo XIV que en el año 1362 el rey Pedro I ordenó que fuera transformado en convento.


FUENTE: BBC News
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