Feliz Cumpleaños a mi!
Mira que bien...por un momento hasta me sentí querido por google :P .Lo mejor fué que clickeando el logo uno se redirige a la propia página personal de G+ .Son detalles, pero...como explicarlo....es google!
El Combate de la tapera
I
Era después del desastre del Catalán, más de setenta años hace.
Un tenue resplandor en el horizonte quedaba apenas de la luz del día.
La marcha había sido dura, sin descanso.
Por las narices de los caballos sudorosos escapaban haces de vapores, y se hundían y dilataban alternativamente sus ijares como si fuera poco todo el aire para calmar el ansia de los pulmones.
Algunos de estos generosos brutos presentaban heridas anchas en los cuellos y pechos, que eran desgarraduras hechas por la lanza o el sable.
En los colgajos de piel había salpicado el lodo de los arroyos y pantanos, estancando la sangre.
Parecían jamelgos de lidia, embestidos y maltratados por los toros. Dos o tres cargaban con un hombre a grupas, además de los jinetes, enseñando en los cuartos uno que otro surco rojizo, especie de líneas trazadas por un látigo de acero, que eran huellas recientes de las balas recibidas en la fuga.
Otros tantos, parecían ya desplomarse bajo el peso de su carga, e íbanse quedando a retaguardia con las cabezas gachas, insensibles a la espuela.
Viendo esto el sargento Sanabria gritó con voz pujante:
-¡Alto!
El destacamento se paró.
Se componía de quince hombres y dos mujeres; hombres fornidos, cabelludos, taciturnos y bravíos; mujeres-dragones de vincha, sable corvo y pie desnudo.
Dos grandes mastines con las colas barrosas y las lenguas colgantes, hipaban bajo el vientre de los caballos, puestos los ojos en el paisaje oscuro y siniestro del fondo de donde venían, cual si sintiesen todavía el calor de la pólvora y el clamoreo de guerra.
Allí cerca, al frente, percibíase una "tapera" entre las sombras. Dos paredes de barro batido sobre "tacuaras" horizontales, agujereadas y en parte derruidas; las testeras, como el techo, habían desaparecido.
Por lo demás, varios montones de escombros sobre los cuales crecían viciosas las hierbas; y a los costados, formando un cuadro incompleto, zanjas semicegadas, de cuyo fondo surgían saúcos y cicutas en flexibles bastones ornados de racimos negros y flores blancas.
-A formar en la tapera -dijo el sargento con ademán de imperio-. Los caballos a retaguardia con las mujeres, a que pellizquen. .. ¡Cabo Mauricio! haga echar cinco tiradores vientre a tierra, atrás del cicuta!... Los otros adentro de la tapera, a cargar tercerolas y trabucos. ¡Pie a tierra dragones, y listo, canejo!
La voz del sargento resonaba bronca y enérgica en la soledad del sitio.
Ninguno replicó.
Todos traspusieron la zanja y desmontaron, reuniéndose poco a poco.
Las órdenes se cumplieron. Los caballos fueron maneados detrás de una de las paredes de lodo seco, y junto a ellos se echaron los mastines resollantes. Los tiradores se arrojaron al suelo a espaldas de la hondonada cubierta de malezas, mordiendo el cartucho; el resto de la extraña tropa distribuyose en el interior de las ruinas que ofrecían buen número de troneras por donde asestar las armas de fuego; y las mujeres, en vez de hacer compañía a las transidas cabalgaduras, pusiéronse a desatar les sacos de munición o pañuelos llenos de cartuchos deshechos, que los dragones llevaban atados a la cintura en defecto de cananas.
Empezaban afanosas a rehacerlos, en cuclillas, apoyadas en las piernas de los hombres, cuando caía ya la noche.
-Naide pite -dijo el sargento-. Carguen con poco ruido de baqueta y reserven los naranjeros hasta que yo ordene... Cabo Mauricio! vea que esos mandrias no se duerman si no quieren que les chamusque las cerdas... ¡Mucho ojo y la oreja parada!
-Descuide, sargento -contestó el cabo con gran ronquera-; no hace falta la advertencia, que aquí hay más corazón que garganta de sapo.
Transcurrieron breves instantes de silencio.
Uno de los dragones, que tenía el oído en el suelo, levantó la cabeza y .murmuró bajo:
-Se me hace tropel. . . Ha de ser caballería que avanza.
Un rumor sordo de muchos cascos sobre la alfombra de hierbas cortas, empezaba en realidad a percibirse distintamente.
-Armen cazoleta y aguaiten, que ahí vienen los portugos. ¡Va el pellejo, barajo! Y es preciso ganar tiempo a que resuellen los mancarrones. Ciriaca, ¿te queda caña en la mimosa?
-Está a mitad -respondió la aludida, que era una criolla maciza vestida a lo hombre, con las greñas recogidas hacia arriba y ocultas bajo un chambergo incoloro de barboquejo de lonja sobada-. Mirá, güeno es darles un trago a los hombres..
-Dales chinaza a los de avanzada, sin pijotearles.
Ciriaca se encaminó a los saltos, evitando las "rosetas", agachóse y fue pasando e1 "chifle" de boca en boca.
Mientras esto hacia, el dragón de un flanco le acariciaba las piernas y el otro le hacía cosquillas en el seno, cuando ya no era que le pellizcaba alguna forma más mórbida, diciendo: "¡luna llena!".
-¡Te ha de alumbrar muerto, zafao! -contestaba ella riendo al uno; y al otro: -¡largá lo ajeno, indino!- y al de más allá: -¡a ver si aflojás el chisme, mamón!
Y repartía cachetes.
-¡Poca vara alta quiero yo! -gritó el sargento con acento estentóreo-. Estamos para clavar el pico, y andan a los requiebros, golosos. ¡Apartáte Ciriaca, que aurita no mas chiflan las redondas!
En ese momento acrecentose el rumor sordo, y sonó una descarga entre voceríos salvajes.
El pelotón contestó con brío.
La tapera quedó envuelta en una densa humareda sembrada de tacos ardiendo; atmósfera que se disipó bien pronto para volverse a formar entre nuevos fogonazos y broncos clamoreos.
II
En los intervalos de las descargas y disparos, oíase el furioso ladrido de los mastines haciendo coro a los ternos y crudos juramentos.
Un semicírculo de fogonazos indicaba bien a las claras que el enemigo había avanzado en forma de media luna para dominar la tapera con su fuego graneado.
En medio de aquel tiroteo, Ciriaca se lanzó fuera con un atado de cartuchos en busca de Mauricio.
Cruzó el corto espacio que separaba a éste de la tapera, en cuatro manos, entre silbidos siniestros.
Los tiradores se revolvían en los pastos como culebras, en constante ejercicio de baquetas.
Uno estaba inmóvil, boca abajo.
La china le tiró de la melena, y notola inundada de un líquido caliente.
-¡Mírá! -exclamó-, le ha dao en el testuz.
-Ya no traga saliva -añadió el cabo-. ¿Trujiste pólvora?
-Aquí hay y balas para hacer tragar a los portugos. Lástima que estea oscuro... ¡Cómo tiran esos mandrias!
Mauricio descargó su carabina.
Mientras extraía otro cartucho del saquillo dijo mordiéndolo:
-Antes que éste, ya quisieran ellos otro calor. ¡Ah, si te agarran, Ciriaca! A la fija que te castigan como a Fermina.
-¡Que vengan por carne! -barbotó la china.
Y esto diciendo, echó mano a la tercerola del muerto, que se puso a baquetear con gran destreza.
-¡Fuego! -rugía la voz del sargento-. Al que afloje lo degüello con el mellao.
III
Las balas que penetraban en la tapera, habían dado ya en tierra con tres hombres. Algunas, perforando el débil muro de lodo, hirieron y derribaron varios de los transidos matalotes.
La segunda de las criollas, compañera de Sanabria, de nombre Catalina, cuando más recio era el fuego que salía del interior por las troneras improvisadas, escurrióse a manera de tigra por el cicutal, empuñando la carabina de uno de los muertos.
Era Cata -como la llamaban- una mujer fornida y hermosa, color de cobre, ojos muy negros velados por espesas pestañas, labios hinchados y rojos, abundosa cabellera, cuerpo de un vigor extraordinario, entraña dura y acción sobria y rápida. Vestía blusa y chiripá y llevaba el sable a la bandolera.
La noche estaba muy oscura, llena de nubes tempestuosas; pero los rojos culebrones de las alturas o grandes "refucilos" en lenguaje campesino, alcanzaban a iluminar el radio que el fuego de las descargas dejaba en las tinieblas.
Al fulgor del relampagueo, Cata pudo observar que la tropa enemiga había echado pie a tierra y que los soldados hacían sus disparos de "mampuesta" sobre el lomo de los caballos, no dejando más blanco que sus cabezas.
Algunos cuerpos yacían tendidos aquí y allá. Un caballo moribundo con los cascos para arriba se agitaba en convulsiones sobre su jinete muerto.
De vez en cuando un trompa de órdenes lanzaba sones precipitados de atención y toques de guerrilla, ora cerca, ya lejos, según la posición que ocupara su jefe.
Una de esas veces, la corneta resonó muy próxima.
A Cata le pareció por el eco que el resuello del trompa no era mucho, y que tenía miedo.
Un relámpago vivisimo bañó en ese instante el matorral y la loma, y permitiole ver a pocos metros al jefe del destacamento portugués que dirigía en persona un despliegue sobre el flanco, montado en un caballo tordillo.
Cata, que estaba encogida entre los saúcos, lo reconoció al momento.
Era el mismo; el capitán Heitor, con su morrión de penacho azul, su casaquilla de alamares, botas largas de cuero de lobo, cartera negra y pistoleras de piel de gato.
Alto, membrudo, con el sable corvo en la diestra, sobresalía con exceso de la montura, y hacia caracolear su tordillo de un lado a otro, empujando con los encuentros a los soldados para hacerlos entrar en fila.
Parecía iracundo, hostigaba con el sable y prorrumpía en denuestos. Sus hombres, sin largar los cabestros y sufriendo los arranques y sacudidas de los reyunos alborotados, redoblaban el esfuerzo, unos rodilla en tierra, otros escudándose en las cabalgaduras.
Chispeaba el pedernal en las cazoletas en toda la línea, y no pocas balas caían sin fuerza a corta distancia, junto al taco ardiendo.
Una de ellas dio en la cabeza de Cata, sin herirla, pero derribándola de costado.
En esa posición, sin lanzar un grito, empezó a arrastrarse en medio de las malezas hacia lo intrincado del matorral, sobre el que apoyaba su ala Heitor.
Una hondonada cubierta de breñas favorecía sus movimientos.
En su avance de felino, Cata llegó a colocarse a retaguardia de la tropa, casi encima de su jefe.
Oía distintamente las voces de mando, los lamentos de los heridos, y las frases coléricas de los soldados, proferidas ante una resistencia inesperada, tan firme como briosa.
Veía ella en el fondo de las tinieblas la mancha más oscura aún que formaba la tapera, de la que surgían chisporroteos continuos y lúgubres silbidos que se prolongaban en el espacio, pasando con el plomo mortífero por encima del matorral; a la vez que percibía a su alcance la masa de asaltantes al resplandor de sus propios fogonazos, moviéndose en orden, avanzando o retrocediendo, según las voces imperativas.
IV
De la tapera seguían saliendo chorros de fuego entre una humareda espesa que impregnaba el aire de fuerte olor a pólvora.
En el drama del combate nocturno, con sus episodios y detalles heroicos, como en las tragedias antiguas, había un coro extraño, lleno de ecos profundos, de esos que solo parten de la entraña herida. Al unísono con los estampidos, oíanse gritos de muerte, alaridos de hombre y de mujer unidos por la misma cólera, sordas ronqueras de caballos espantados, furioso ladrar de perros; y cuando la radiación eléctrica esparcía su intensa claridad sobre el cuadro, tiñéndolo de un vivo color amarillento, mostraba al ojo del atacante, en medio del nutrido boscaje, dos picachos negros de los que brotaba el plomo, y deformes bultos que se agitaban sin cesar como en una lucha cuerpo a cuerpo.
Los relámpagos sin serie de retumbos, a manera de gigantescas cabelleras de fuego desplegando sus hebras en el espacio lóbrego, contrastaban por el silencio con las rojizas bocanadas de las armas seguidas de recias detonaciones. El trueno no acompañaba al coro, ni el rayo como ira del cielo la cólera de los hombres. En cambio, algunas gruesas gotas de lluvia caliente golpeaban a intervalos en los rostros sudorosos sin atenuar por eso la fiebre de la pelea.
El continuo choque de proyectiles había concluido por desmoronar uno de los tabiques de barro seco, ya débil y vacilante a causa de los ludimientos de hombres y de bestias, abriendo ancha brecha por la que entraban las balas en fuego oblicuo.
La pequeña fuerza no tenía más que seis soldados en condiciones de pelea. Los demás habían caído uno en pos del otro, o rodado heridos en la zanja del fondo, sin fuerzas ya para el manejo del arma.
Pocos cartuchos quedaban en los saquillos.
El sargento Sanabria empuñando un trabuco, mandó cesar el fuego, ordenando a sus hombres que se echaran de vientre para aprovechar sus últimos tiros cuando el enemigo avanzase.
-Ansi que se quemen ésos -añadió- monte a caballo el que pueda, y a rumbear por el lao de la cuchilla ... Pero antes, naide se mueva si no quiere encontrarse con la boca de mi trabuco... ¿Y qué se han hecho las mujeres? No veo a Cata...
-Aquí hay una -contestó una voz enronquecida-. Tiene rompida la cabeza, y ya se ha puesto medio dura...
-Ha de ser Ciriaca.
-Por lo motosa es la mesma, a la fija.
-¡Cállense! -dijo el sargento.
El enemigo había apagado también sus fuegos, suponiendo una fuga, y avanzaba hacia la "tapera".
Sentíase muy cercano ruido de caballos, choque de sables y crujido de cazoletas.
-No vienen de a pie -dijo Sanabria- ¡Menudeen bala!
Volvieron a estallar las descargas.
Pero, los que avanzaban eran muchos, y la resistencia no podía prolongarse.
Era necesario morir o buscar la salvación en las sombras y en la fuga.
El sargento Sanabria descargó con un bramido su trabuco.
Multitud de balas silbaron al frente; las carabinas portuguesas asomaron casi encima de la zanja sus bocas a manera de colosales tucos, y una humaza densa circundó la "tapera" cubierta de tacos inflamados.
De pronto, las descargas cesaron.
Al recio tiroteo se siguió un movimiento confuso en la tropa asaltante, choques, voces, tumultos, chasquidos de látigos en las tinieblas, cual si un pánico repentino la hubiese acometido; y tras esa confusión pavorosa algunos tiros de pistola y frenéticas carreras, como de quienes se lanzan a escape acosados por el vértigo.
Después un silencio profundo.
Solo el rumor cada vez más lejano de la fuga, se alcanzaba a percibir en aquellos lugares desiertos, y minutos antes animados por el estruendo. Y hombres y caballerías, parecían arrastrados por una tromba invisible que los estrujara con cien rechinamientos entre sus poderosos anillos.
V
Asomaba una aurora gris-cenicienta, pues el sol era impotente para romper la densa valla de nubes tormentosas, cuando una mujer salía arrastrándose sobre manos y rodillas del matorral vecino; y ya en su borde, que trepó con esfuerzo, se detenía sin duda a cobrar alientos, arrojando una mirada escudriñadora por aquellos sitios desolados.
Jinetes y cabalgaduras entre charcos de sangre, tercerolas, sables y morriones caídos acá y acullá, tacos todavía humeantes, lanzones mal encajados en el suelo blando de la hondonada con sus banderolas hechas flecos, algunos heridos revolviéndose en las hierbas, lívidos, exangües, sin alientos para alzar la voz; tal era el cuadro en el campo que ocupó el enemigo.
El capitán Heitor, yacía boca abajo junto a un abrojal ramoso.
Una bala certera disparada por Cata lo había derribado de los lomos en mitad del asalto, produciendo el tiro y la caída, la confusión y la derrota de sus tropas, que en la oscuridad se creyeron acometidas por la espalda.
Al huir aturdidos, presos de un terror súbito, descargaron los que pudieron sus grandes pistolas sobre las breñas, alcanzando a Cata un proyectil en medio del pecho.
De ahí le manaba un grueso hilo de sangre negra.
El capitán aún se movía. Por instantes se crispaba violento, alzándose sobre los codos, para volver a quedarse rígido. La bala le había atravesado el cuello, que tenía todo enrojecido y cubierto de cuajarones.
Revolcado con las ropas en desorden y las espuelas enredadas en la maleza, era el blanco del ojo bravío y siniestro de Cata, que a él se aproximaba en felino arrastre con un cuchillo de mango de asta en la diestra.
Hacia el frente, vejase la tapera hecha terrones; la zanja con el cicutal aplastado por el peso de los cuerpos muertos; y allá en el fondo, donde se marearon los caballos, un montón deforme en que sólo se descubrían cabezas, brazos y piernas de hombres y matalotes en lúgubre entrevero.
El llano estaba solitario. Dos o tres de los caballos que habían escapado a la matanza, mustios, con los ijares hundidos y los aperos revueltos, pugnaban por triscar los pastos a pesar del freno. Saliales junto a las coscojas un borbollón de espuma sanguinolenta.
Al otro flanco, se alzaba un monte de talas cubierto en su base de arbustos espinosos.
En su orilla, como atisbando la presa, con los hocicos al viento y las narices muy abiertas, ávidas de olfateo, medía docena de perros cimarrones iban y venían inquietos lanzando de vez en cuando sordos gruñidos.
Catalina, que había apurado su avance, llegó junto a Heitor, callada, jadeante, con la melena suelta como un marco sombrío a su faz bronceada: reincorporose sobre sus rodillas, dando un ronco resuello, y buscó con los dedos de su izquierda el cuello del oficial portugués, apartando e1 liquido coagulado de los labios de la herida.
Si hubiese visto aquellos ojos negros y fijos; aquella cabeza crinuda inclinada hacia él, aquella mano armada de cuchillo, y sentido aquella respiración entrecortada en cuyos hálitos silbaba el instinto como un reptil quemado a hierro, el brioso soldado hubiérase estremecido de pavura.
Al sentir la presión de aquellos dedos duros como garras, el capitán se sacudió, arrojando una especie de bramido que hubo de ser grito de cólera; pero ella, muda e implacable, introdujo allí el cuchillo, lo revolvió- con un gesto de espantosa saña, y luego cortó con todas sus fuerzas, sujetando bajo sus rodillas la mano de la víctima, que tentó alzarse convulsa.
-¡Al ñudo ha de ser! -rugió el dragón-hembra con ira reconcentrada.
Tejidos y venas abriéronse bajo el acerado filo hasta la tráquea, la cabeza se alzó besando dos veces el suelo, y de la ancha desgarradura saltó- en espeso chorro toda la sangre entre ronquidos.
Esa lluvia caliente y humeante batió el seno de Cata, corriendo hasta el suelo.
Soportola inmóvil, resollante, hoscosa, fiera; y al fin, cuando el fornido cuerpo del capitán cesó de sacudirse quedándose encogido, crispado, con las uñas clavadas en tierra, en tanto el rostro vuelto hacia arriba enseñaba con la boca abierta y los ojos saltados de las órbitas, el ceño iracundo de la última hora, ella se pasó el puño cerrado por el seno de arriba abajo con expresión de asco, hasta hacer salpicar los coágulos lejos, y exclamó con indecible rabia:
-¡Que la lamban los perros!
Luego se echó de bruces, y siguió arrastrándose hasta la tapera.
Entonces, los cimarrones coronaron la loma, dispersos, a paso de fiera, alargando cuanto podían sus pescuezos de erizados pelos como para aspirar mejor el fuerte vaho de los declives.
VI
Algunos cuervos enormes, muy negros, de cabeza pelada y pico ganchudo, extendidas y casi inmóviles las alas, empezaban a poca altura sus giros en el espacio, lanzando su graznido de ansia lúbrica como una nota funeral.
Cerca de la zanja, vejase un perro cimarrón con el hocico y el pecho ensangrentados. Tenía propiamente botas rojas, pues parecía haber hundido los remos delanteros en el vientre de un cadáver.
Cata alargó el brazo, y lo amenazó con el cuchillo. El perro gruñó, enseñó el colmillo, el pelaje se le erizo en el lomo y bajando la cabeza preparose a acometer, viendo sin duda cuán sin fuerzas se arrastraba su enemigo.
-¡Vení, Canelón! -gritó Cata colérica, como si llamara a un viejo amigo- ¡A él, Canelón...
Y se tendió, desfallecida...
Allí, a poca distancia, entre un montón de cuerpos acribillados de heridas, polvorientos, inmóviles con la profunda quietud de la muerte, estaba echado un mastín de piel leonada como haciendo la guardia a su amo.
Un proyectil le había atravesado las paletas en su parte superior, y parecía postrado y dolorido.
Más lo estaba su amo. Era éste el sargento Sanabria, acostado de espaldas con los brazos sobre el pecho, y en cuyas pupilas dilatadas vagaba todavía una lumbre de vida.
Su aspecto era terrible.
La barba castaña recia y dura, que sus soldados comparaban con el borlón de un toro, aparecía teñida de roji-negro.
Tenía una mandíbula rota, y los dos fragmentos del hueso saltado hacia afuera entre carnes trituradas.
En el pecho, otra herida. Al pasarle el plomo el tronco, habíale destrozado una vértebra dorsal.
Agonizaba tieso, aquel organismo poderoso.
Al gritó de Cata, el mastín que junto a él estaba, parecía salir de su sopor; fuese levantando trémulo, como entumecido, dio algunos pasos inseguros fuera del cicutal y asomó la cabeza...
El cimarrón bajó la cola y se alejó relamiéndose los bigotes, a paso lento, importándole más el festín que la lucha. Merodeador de las breñas, compañero del cuervo, venía a hozar en las entrañas frescas, no a medirse en la pelea.
Volviose a su sitio el mastín, y Cata llegó a cruzar la zarja y dominar el lúgubre paisaje.
Detuvo en Sanabria, tendido delante, sobre lecho de cicutas, sus ojos negros, febriles, relucientes, con una expresión intensa de amor y de dolor.
Y arrastrándose siempre llegose a él, se acostó a su lado, tomó alientos, volviose a incorporar con un quejido, lo besó ruidosamente, apartole las manos del pecho, cubriole con las dos suyas le herida y quedose contemplándole con fijeza, cual si observara como se le escapaba a él la vida y a ella también.
Nublábansele las pupilas al sargento, y Cata sentía que dentro de ella aumentaba el estrago en las entrañas.
Giró en derredor la vista quebrada ya, casi exangüe, y pudo distinguir a pocos pasos una cabeza desgreñada que tenía los sesos volcados sobre los párpados a manera de horrible cabellera. El cuerpo estaba hundido entre las breñas.
-¡Ah!... ¡Ciriaca! -exclamó con un hipo violento.
En seguida extendió los brazos, y cayó a plomo sobre Sanabria.
El cuerpo de éste se estremeció; y apagase de súbito el pálido brillo de sus tilos.
Quedaron formando cruz, acostados sobre la misma charca, que Canelón olfateaba de vez en cuando entre hondos lamentos.
Eduardo Acevedo Díaz
A la deriva
A la deriva
Horacio Quiroga
El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!
-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.
-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la respiración...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves...
Y cesó de respirar.
FIN
Lo inefable
No me mata la Muerte, no me mata el Amor;
Muero de un pensamiento mudo como una herida...
¿No habéis sentido nunca el extraño dolor
De un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida
Devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor?
¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida
Que os abrasaba enteros y no daba un fulgor?...
¡Cumbre de los Martirios!...¡Llevar eternamente,
Desgarradora y árida, la trágica simiente
Clavada en las entrañas como un diente feroz!
¡Pero arrancarla un día en una flor que abriera
Milagrosa, inviolable!...¡Ah, más grande no fuera
Tener entre las manos la cabeza de Dios!
Delmira Agustini
El ananá va como piña!
Dice la Wiki:
Ananas comosus, la piña o el ananá, es una planta perenne de la familia de las bromeliáceas, nativa de América del Sur. Esta especie, de escaso porte y con hojas duras y lanceoladas de hasta 1 metro de largo, fructifica una vez cada tres años produciendo un único fruto fragante y dulce, muy apreciado en gastronomía.
y otra buena reseña que se puede encontrar en SoloVegetales:
El ananá o piña conocida también como piña tropical y abacaxi es una fruta tropical originaria de América del Sur. Su nombre ananá es de origen guaraní y también se la llama piña relacionándola con el pino piñonero y su semejanza con la piña que producen estas coníferas. De todas formas existen diferencias entre ananá y piña no solo en forma y tamaño sino también en sabor. Pertenecen a la familia de las bromeliáceas, su planta crece aproximadamente unos 70 centímetros. Es muy vistosa, con largas hojas que se arquean hacia fuera a partir del centro donde surge su fruto anaranjado que se puede encontrar en tamaños diferentes y en grados de maduración también diferentes.
- contribuye a regular la circulación
- mejora la digestión
- es un excelente diurético
- tiene propiedades antinflamatorias
- por las propiedades anteriormente dichas, es que ayuda a calmar dolores musculares.
- combate el exceso de grasa corporal
- e incluso puede considerarse un alimento afrodisíaco.
Un más que interesante listado de remedios caseros desde Mi Sabueso indica:
Bronquitis : Tomando jugo de piña con frecuencia se acelera la curación de esta enfermedad.
Desordenes estomacales, dispepsia, convalecencia : La Piña debería consumirse con frecuencia en zumos, ensaladas, mermeladas y en su forma natural, etc., puesto que es muy nutritiva y digestiva; cura la dispepsia, normaliza la digestión, facilita la secreción gástrica y alivia las enfermedades intestinales. Es un tónico muy recomendable para las personas débiles y convalecientes.
Obesidad, retención de líquidos, purgante, amebiasis: Durante quince días, en el desayuno, tomar la cantidad de piña rallada que se desee como único alimento, este tratamiento ayuda a reducir el estómago, limpia el intestino de amebas y drena el líquido retenido.
Otra dieta práctica y efectiva para bajar de peso es la siguiente. Para esta receta deberá tener un trozo de piña, medio nopal, el jugo de dos naranjas, el jugo de un limón, 1 rama de perejil y un pepino, licúe todos los ingredientes al tiempo hasta que se forme una bebida espesa pero digerible. Esta mezcla deberá ser tomada fresca antes de cada comida y complementar bebiendo 8 vasos de agua al día. Con esta receta se pierden entre 2 y 4 libras por semana.
Otra dieta algo estricta pero práctica para bajar de peso. Por tres días debe desayunar, almorzar y comer lo mismo. Al desayuno coma una rodaja de piña, dos huevos hervidos y un pocillo de té o café sin azúcar. Al almuerzo debe comer otra rodaja de piña, una porción personal de pollo al horno sin pellejo y acompañarlo con ensalada en vinagre o limón. En la noche debe cenar pescado acompañado de ensalada verde y té o café sin azúcar. Con esta sencilla dieta logrará bajar entre 5 y 7 libras por semana.
Tanto el ajo como la piña son excelente métodos naturales para eliminar las amebas . Para erradicar esos huéspedes no deseados se aconseja preparar un vaso de jugo de piña y dejarlo toda la noche al sereno para beber al día siguiente.
Tos : Picar unos 100 g de piña con corazón y pulpa, poner a hervir durante cinco minutos con miel de caña o de abejas. Se debe dejar enfriar un poco y tomar este preparado tibio varias veces al día y antes de ir a la cama.
Garganta : Para aliviar las molestias de la garganta se recomienda hacer gárgaras con el zumo de la Piña. Beber el jugo de la piña suele ser también de gran ayuda.
Piel : Para limpiar y tonificar la piel de la cara, aplicar sobre el rostro jugo de piña.
A darle al ananá todo el verano!
50/50, una buena película.
Fuente: WikipediaSinopsis
Adam Lerner es un joven de 27 años que a lo largo de su vida siempre ha reputado de poseer buena salud y excelente aptitud física. Un día, en una consulta con su médico, Adam es diagnosticado con un extraño tipo de cáncer.Algo desorientado, le comenta lo sucedido del diagnóstico a Kyle, su sincero y bromista mejor amigo, a su novia Rachael, y a su madre Diane, quién también es la encargada de cuidar a su marido Richard, que padece mal de Alzheimer. Cada uno de ellos tomará la noticia de una forma diferente a la del resto, y todos de alguna manera u otra ayudarán a Adam a afrontar la situación por la que está pasando, incluyendo Katharine ("Katie"), una joven y novata médica que fue asignada por el hospital a Adam para contribuir en el proceso terapéutico que debe llevar a cabo.
Muy recomendable película.Te deja una suerte de alegría, de tranquilidad que no se encuentra en muchas películas de hoy.Vale la pena.Por Isat la están dando seguido.
Otra cosa que me encantó fué Yellow Ledbetter uno de los temas del soundtrack de esta película;
No a la Estrella de la Muerte
Todo comenzó como la típica broma de Internet, y como pasa casi siempre en estos casos se salió de control. Más de 25.000 personas firmaron una petición online para que el gobierno de Estados Unidos construyera una Estrella de la muerte como la de la saga de la Guerra de las Galaxias, una especie de nave espacial del tamaño de la luna con un hipotético costo de US$ 850. 000 billones.
La insistencia de los usuarios fue tal que obligó a la Casa Blanca a emitir un comunicado al respecto. Con una deuda de más de US$ 16 billones, la Casa Blanca dijo que no puede gastar 850.000 billones para fabricar la poderosa arma.
La administración Obama rindió tributo a las legiones de fans de la Guerra de las Galaxias con una divertida nota de rechazo al pedido de fabricar una Estrella de la Muerte planteado en el sitio web de solicitudes al gobierno " Nosotros el Pueblo ".
"La administración no apoya hacer volar planetas", escribió Paul Shawcross, consejero en materia espacial y de ciencia del presidente Barack Obama, rechazando la solicitud para obtener fondos y comenzar a construir el arma en 2016.
"La administración comparte sus deseos de crear empleos y tener una fuerte defensa nacional, no hay perspectivas de construir una Estrella de la Muerte", explicó Shawcross en la nota titulada "Esta no es la respuesta a la petición que están buscando".
La petición online había sobrepasado las 25.000 firmas necesarias para asegurar una respuesta por parte de la Casa Blanca. El mismo sitio web fue utilizado tiempo atrás para intentar lograr la deportación del presentador de televisión británico Piers Morgan por sus críticas a las leyes estadounidenses sobre armas.
La creación de una superarma del tamaño de la luna capaz de destruir planetas con un haz de energía costaría más de 850.000 billones de dólares, remarcó Shawcross.
"Estamos trabajando duro para reducir el déficit, no para aumentarlo", explicó.
El especialista también bromeó sobre la mala inversión que sería para Estados Unidos tal arma. "¿Por qué deberíamos gastar una incontable cantidad de dólares de los contribuyentes en una Estrella de la Muerte con el defecto fundamental de que puede ser destruida por una nave con un solo hombre?", se preguntó, recordando el final de una de las películas de la serie.
La declaración finalizó con otro guiño a los fans devotos de la saga: "Recuerden, el poder de la Estrella de la Muerte para destruir un planeta, o incluso un sistema estelar entero, es insignificante al lado del poder de la Fuerza".
Fuente: El País Digital
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| El Darth no va a sentirse feliz con esto. |
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